Día 154 – Santos lugares

Antes de empezar: Una aclaración, estoy un poco demorado con las entradas nuevas del blog, pero se vienen muchas más con cosas nuevas, esperadas e inesperadas. Les recomiendo que se den una vuelta de vez en cuando porque voy a tratar de subir historias nuevas lo más seguido posible. ¡Gracias por la paciencia!

Volviendo a la historia…

Con Agu y Jony habíamos acordado levantarnos temprano para poder hacer el recorrido de la Vía Dolorosa con tiempo antes de ir a hacer el free tour que empezaba a las 11. Eran apenas las 8 de la mañana cuando ya estábamos tras los muros de la ciudad vieja.

Entendí por qué no había podido encontrar la primera estación del vía crucis el día anterior. La primera estación está dentro de una escuela donde se cree que habría estado el palacio de los Sumos Sacerdotes de Jerusalén. Recién en la segunda estación se podía ver algo.

En la segunda estación se encontraban dos capillas. Una, la de la flagelación tiene como característica el vitral que muestra a Jesús en el momento en el que los romanos lo torturan.

Desde ahí continuamos al convento del “Ecce Homo”. “Ecce Homo”, que quiere decir en latín algo así como “He aquí el hombre”, evoca el momento en el que Poncio Pilatos entrega a Jesús a los judíos y se crea el sentido figurado de la frase “lavarse las manos”. El convento está sobre una sección de un antiguo empedrado romano (“litostratos”: piso de piedra, literalmente) que habría pertenecido a la plaza en donde se cree que se dieron estos hechos. Se pueden visitar las catacumbas, pero desafortunadamente la capilla solamente se puede ver a través de un vidrio.

Seguimos un par más de estaciones, las caídas de Jesús con la cruz, la intervención de Simón de Cirene y varias otras más. Algunas estaban más memorablemente marcadas que otras.

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El recorrido finalmente llevaba a la Iglesia del Santo Sepulcro. En verdad la idea de volver a entrar a la iglesia no me generó el menor problema. Una iglesia con semejante tamaño y tal cantidad de recovecos iba a ir revelando cosas distintas en cada visita. Esta vez nos dimos el tiempo para poder acercarnos al altar bajo el que está la piedra donde se asentó la cruz de Cristo.

Al salir de la iglesia empezamos a buscar el camino hacia el Domo de la Roca, más que nada porque tiene horarios muy acotados de visita que se extienden solamente hasta las 11 de la mañana. El Domo está en una colina que es sagrada tanto para judíos como para musulmanes dado que para los primeros es el lugar donde estaba construido el templo de Jerusalén y para los otros es el lugar desde donde Dios empezó a crear la tierra. Hoy en día, el Domo es una gran mezquita y uno de los lugares más fotografiados del mundo.

La seguridad para ingresar era bastante intensa, ya que tanto musulmanes como judíos ingresaban al lugar. El ingreso hacia la mezquita contenía un cartel de advertencia de un importante rabino que prohibía el acceso a todos los judíos a la zona del Domo, a la que se accedía a través de un puente de madera estrictamente vigilado.

Después de mirar un poco arriba, vimos la hora y ya estábamos como para ir pegando la vuelta hacia la puerta de Jaffa, donde empezaba el “free” tour de la ciudad.

Llegamos en el momento en el que estaban terminando de armar los grupos y nos acoplamos a uno para no darles tiempo de que se dieran cuenta de que éramos un grupo. El resto ya estaba ahí.

Nuestro guía, un estadounidense que vivía en Tel Aviv, nos empezó a llevar a los lugares más importantes de la ciudad y a explicarnos sobre sus historias y costumbres. Pasamos nuevamente por los mercados, la iglesia del Sepulcro, también vimos un par de mezquitas y antiguas escuelas coránicas. Finalmente empezamos a trepar por el costado de la iglesia (una parte controlada por la iglesia Copta de Etiopía) y llegamos a una parte más alta de la ciudad.

Un rato más de caminata y tuvimos una mejor vista del Domo y el Muro Occidental. El Muro Occidental es más conocido con el título de Muro de los Lamentos fuera de la comunidad judía. Sin embargo, además de las lamentaciones por la destrucción del templo, los judíos israelíes celebran absolutamente todo en este “transitorio” (según su creencia, el lugar es santo hasta que se reconstruya el templo) lugar de adoración.

Continuamos el paseo, viendo las antiguas calles por debajo de las modernas y aprendiendo sobre la falla que formó el Mar de Galilea y el Mar Muerto junto con varios cordones montañosos y que hace de Israel una zona de mucha actividad sísmica.

Sin darnos cuenta llegamos al barrio judío. Un lugar que había sido devastado una y otra vez por las guerras y reconstruido otra vez. Una gran sinagoga dominaba la plaza por donde muchos judíos de barba, bucles y sombreros pasaban para uno y otro lado.

Terminamos de cerrar el círculo y nos reencontramos en el infotourist con varios de los que habíamos perdido en el camino (el tour era en inglés).

Decidimos estirar el recorrido para poder ir a varios puntos bastante célebres, bíblicamente hablando, de la ciudad. La mayoría prefirió ir a descansar un rato, así que quedamos Jony, Agu y yo.

En nuestro camino hacia el exterior de la ciudad vieja encontramos la Iglesia de la Dormición, ubicada en el lugar donde se cree que la virgen María habría pasado sus últimos años. En una cripta se halla un altar dedicado a ella y sobre la cripta se alza una gran iglesia.

Al salir de ahí seguimos nuestro camino que nos iba a llevar fuera de los muros hacia el cenáculo, el lugar donde se cree que tuvo lugar la última cena. No hay mucho para ver adentro, pero el significado del lugar es suficiente atractivo. Ahí cerca también está la tumba del rey David y otra iglesia del tiempo de los cruzados.

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Tras trepar un poco la montaña llegamos a la iglesia de Gallicantu. El nombre se debe a que este sería el lugar donde Pedro niega a Jesús tres veces antes que cante el gallo. La iglesia es bastante bonita y está construida sobre una cripta hecha en un lugar que se cree que era un calabozo en tiempos cristianos. Afuera, una escultura representa el momento de la negación.

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Iba a continuar todavía más nuestro día porque todavía nos faltaba cruzar toda la ciudad vieja para llegar al monte de los olivos. Sabíamos que no íbamos a tener demasiado tiempo en la ciudad, así que teníamos que conocer lo más que pudiéramos.

Comenzamos a escalar. Pasamos en primer lugar por el lugar donde habría estado la tumba de María, desde donde, según los ortodoxos, habría sido llevada a los cielos. Está adornada muy a la usanza ortodoxa, con cuadros brillantes y candelabros metálicos con velas. Yuxtapuesta se encuentra una cripta que marca el lugar donde permanecieron los apóstoles mientras Jesús iba al huerto a rezar.

Seguimos subiendo el monte hasta llegar a Getsemaní, el huerto. En este lugar se pueden encontrar olivos que según dicen tienen 2000 años o son descendientes directos de los que se encontraban en la época de Jesús. Los troncos huecos y retorcidos delatan la antigüedad de los árboles. La Iglesia de Todas las Naciones (también conocida como la Basílica de la Agonía) los acompaña justo al lado. Hay secciones de varios países e incluso una cúpula aportada por la República Argentina.

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El ascenso continuaba por este monte con tanta historia. A nuestra izquierda estaba la iglesia de María Magdalena, de los Ortodoxos Rusos (cerrada ya a esa hora). A la derecha, el gran cementerio judío, que cubre toda la ladera de la montaña y que enfrenta al lugar desde donde llegaría el Mesías en el fin del mundo.

La subida era bastante larga, y teníamos otra parada por delante antes de llegar a la cima. Dominus Flevit, el Dios que llora. La capilla que se ubica donde Jesús se habría detenido a llorar por el destino de la ciudad. No sé si habrá visto el presente del lugar, pero hoy, dividida por la guerra, Jerusalem (y gran parte de Israel) no parece el mejor lugar donde vivir. De todos modos, la iglesia domina todo el paisaje desde arriba y un ventanal detrás del altar apunta directamente al atardecer sobre la ciudad.

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La tarde se nos iba agotando y ya estábamos comprimiendo una subida a la que se le podía dedicar un día completo, en un par de horas. Llegamos arriba a la iglesia de Pater Noster y vimos que ya estaba cerrada, al igual que la Capilla de la Ascensión, propiedad de la religión islámica.

Habíamos llegado finalmente a la cima, pero aún había más por ver. Nuestro mapa nos marcaba la iglesia de Bethphage algunas cuadras más allá. Según cuenta la historia, este sería el lugar desde donde Jesús habría entrado en burro a la ciudad de Jerusalén para lo que hoy se celebra como Domingo de Ramos.

Mientras nos sacábamos fotos fuimos muy obvios en nuestra calidad de extranjeros para unos chicos locales que andaban por ahí. Igual, no andábamos muy conversadores ni ellos demasiado amistosos como para trabar mucha relación.

Empezamos a pegar la vuelta previa compra de un agua mineral, cosa que el calor terminó logrando y que antes mi insistencia no, para poder emprender el descenso. Mientras bajábamos venía cayendo el sol en frente nuestro y veíamos cómo cambiaban las luces sobre todas las cosas que habíamos visto en el monte. Recomiendo esta bajada para realizarla con gente de distintas creencias porque garantiza un interesante debate sobre la religión. A mi entender, eso es inevitable en un lugar como Jerusalén.

Al llegar a la base, nos encontramos con otro grupo de los nuestros, los que se habían ido a descansar después del free tour (parece que hiciera una eternidad, pero en realidad habían pasado apenas 4 o 5 horas). Les indicamos los lugares más importantes y los dejamos ir porque tampoco les quedaba demasiada luz.

A pesar del cansancio, decidimos tomar un camino ligeramente más largo, pero mucho más interesante, a través de la Ciudad Vieja para llegar al hostel. Sin quererlo, nos tropezamos con los estanques de Bethesda, donde se dice que habría nacido la Virgen María. El lugar estaba cerrado, por la hora, pero aunque sea pudimos ver la entrada.

Cruzamos las calles ornamentadas y finalmente llegamos al hostel. Había sido un día largo y lo único que esperábamos era un descanso de tanto traqueteo. Conexiones de rigor y una comida más tarde y ya estábamos buscando el descanso, porque al otro día había más para ver.

Casi me olvido de mencionar que en el hostel había otro argentino. Un exiliado de tiempos de la dictadura, que con otros vivía en un pueblo de Francia. Ideologías aparte, siempre es interesante escuchar las historias de la gente y aún más cuando hablan en tu idioma y nadie más a tu alrededor lo hace…

En la próxima, la ciudad del nacimiento

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Día 153 – Solo en la ciudad santa

La dinámica de grupo no siempre es fácil. En especial cuando se trata de tanta gente como nosotros. Cuando cuento esto, se imaginarán que viene alguna cosa rara.

En fin, aprovechando una espera a algunos compañeros, me escabullí hacia el baño, avisándole a todos o a nadie en particular. Al salir, me di cuenta que los demás ya no estaban. Me fijé en las habitaciones y en la puerta y tampoco estaban.

Como no me iba a quedar de brazos cruzados, decidí salir a recorrer (aunque si lo hubiera hecho, me hubiera reencontrado con los otros, porque Jony había vuelto a buscarme y yo ya me había ido).

Con un mapa en la mano, cualquier ciudad es simple. Teniendo esto en cuenta, me fui bordeando la muralla de la ciudad vieja hasta la Puerta de Jaffa (nosotros estábamos a dos puertas de distancia, en la Puerta de Damasco) hacia el infotourist, que era donde creí que iban a ir los chicos. Como no estaban, agarré un mapa, cambié plata y seguí.

Crucé el mercado al que ya me había adentrado el día anterior. Es siempre interesante meterse en estos lugares, aún más en Israel, porque muestra la doble personalidad de esta sociedad: por un lado, europea, moderna y occidental, por el otro, árabe y tradicionalista. Los vendedores de los mercados tenían todos alguna palabra para tirar en inglés y castellano para tratar de venderme algo. Ya estaba entrenado para seguir adelante diciéndoles que no, gracias.

Finalmente llegué a la Iglesia del Santo Sepulcro, en medio del barrio cristiano. Me olvidé de decir que la ciudad vieja está dividida en cuatro barrios, el musulmán, el judío, el armenio y el cristiano, de los cuales el más grande es el musulmán.

Volviendo a la iglesia, porque me fui de tema, en este lugar se cree que fue el lugar donde fue sepultado Cristo después de la crucifixión. La iglesia está dividida en varias partes que controlan y cuidan cada una de las distintas iglesias cristianas del mundo. Lo curioso es que desde la victoria de Saladino sobre los cruzados, es una familia musulmana la que posee las llaves de la iglesia.

Por dentro, las decoraciones del templo son impresionantes. Oro por todos lados, lámparas colgantes e imágenes en mosaico son parte del panorama.

Adentrándome un poco más llego a la zona del sepulcro. La masa peregrina se mueve a mi alrededor. Sin embargo, la alta cúpula central da una sensación de espacio. En el centro se halla un templo ubicado en lo que sería la tumba de Jesús. Me detengo un rato a observar.

Después de mirar las varias reliquias almacenadas en este lugar sagrado, salí de vuelta al exterior para seguir conociendo.

Caminé un rato más por los souqs y encontré otra iglesia, mucho más pequeña, por supuesto y entré a verla. La sencillez de ésta contrastaba intensamente con la anterior, si bien estaban a menos de 200 metros de distancia entre sí. Adentro no había nadie, y el silencio era un buen alivio del bullicio de afuera.

Después de caminar un rato más por el souq, la insistencia de los vendedores ya me estaba produciendo un cierto desgaste. Tanta oferta de productos no es buena para mi ermitaño interior, o al menos no tanta seguida. Salí de las murallas y me puse a rodearlas.

Lleué de nuevo a la puerta Yaffa. De ahí salía una calle del mismo nombre donde había un cartel marcado “Centre”. Ya que estaba, lo seguí.

Me encontré con una ciudad totalmente distinta a lo que había visto. La dualidad de la que había hablado antes en su máxima potencia.

Como seguía con necesidad de una dosis fuerte de occidentalidad, no tardé mucho en encontrar un McDonald’s para comer. Sí, ya sé. Pierde el chiste estar en un lugar así y comer eso, pero en ese momento me hacía falta.

Con las pilas recargadas volví a la ciudad vieja con la idea de hacer el Vía Crucis por la Vía Dolorosa. Alcancé a encontrar algunas estaciones, pero se complica hacer esas cosas de atrás para adelante. Como no pude encontrar la primera, como para empezar como se debe, y viendo ya que eran como las 6 de la tarde, me volví al hotel.

Alcancé a dejar la computadora cargándose y a meterme al baño que escuché un par de voces conocidas. Eran los chicos que estaban en Tel Aviv que acababan de llegar al hotel. Les dieron un par de habitaciones y nos fuimos a intercambiar anécdotas con los tés gratis del hostel.

Un rato más tarde llegaron los demás y seguimos con el reencuentro durante la cena.

En la próxima, recorrida intensa de Jerusalén

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Día 152 – Llegada a Israel

El sol nos volvió a despertar. Es el problema de dormir sin cortinas. Igual habíamos descansado bastante bien. Desayunamos con unos budines/arrollados que habíamos comprado y nos fuimos a averiguar cómo llegar a Tel Aviv.

Conseguimos un bus que nos llevaba a la frontera por 3 JD. Al llegar llenamos un par de formularios y pasamos.

Tuvimos que pagar un pasaje obligado al otro puesto fronterizo porque sólo se podía ir en bus. No había otra, la zona neutral era bastante larga.

Al llegar al lado israelí, el panorama fue completamente diferente. Un caos de gente, amontonada por culpa del bus, empujando y colándose (en Medio Oriente, poca gente entiende el concepto de cola) en un lugar donde había que dejar el equipaje para poder pasar. Terminamos entrando después de pelearnos con algunos.

Adentro, en la terminal, nos escaneaban los equipajes de mano y a algunos desafortunados (por portación de pasaportes raros o por portación de cara o de apellido) los llevaban a hacerles una revisación completa.

Una mujer que trabajaba en el puesto fronterizo nos indicó para pasar (como éramos un grupo) por la sección de ciudadanos israelíes para agilizar el trámite. Sin embargo, se acabó la simpatía cuando les pedimos que no nos sellaran la entrada en el pasaporte sino en una hoja aparte. Costó un buen rato convencerlos.

Buscamos las valijas (no es recomendable pasar por acá con cosas frágiles porque las revolean de lo lindo y ni siquiera tienen la decencia de esconderlo) y empezamos a buscar la salida. Nos peleamos con el del cambio porque nos cambió la tasa las 3 veces que le fuimos a preguntar (preguntamos por el euro, pero 2 veces nos dijo la tasa de la libra esterlina) y nos trató como ladrones cuando él se equivocó en la tasa en la que les cambió a dos de los chicos. También nos peleamos con el de los taxis porque cobraba por equipaje (mochila chica también) y no quería creerle a los que habían conseguido poner la mochila chica dentro de la grande (buena avivada) que tenían un solo bulto. Para colmo solamente nos llevaba el transporte hasta Jerusalén. Una entrada bastante accidentada.

Una vez en Jerusalén empezamos a ver cuál sería la terminal desde donde saldría el bus. Bastante menos gente de la que esperábamos hablaba inglés, así que terminamos en una terminal de minibuses palestinos. Sacando cálculos, nos dimos cuenta que prácticamente íbamos a llegar a Tel Aviv e íbamos a tener que salir de vuelta hacia Jerusalén(en realidad un día para conocer Tel Aviv), donde ya estábamos, así que algunos decidimos directamente quedarnos ahí.

La odisea entonces fue salir a buscar un hostel. En dos tandas nos separamos para ir (antes y después del almuerzo), y terminamos yendo a uno que vimos de entrada, más que nada por el precio y la ubicación, muy cerca de la ciudad vieja.

El hostel estaba bien para lo que pagábamos (Jerusalén es caro) y si bien teníamos que compartir el lugar y no había aire acondicionado en la habitación, la sala de estar era muy cómoda y tenía aire, así que ahí fuimos a disfrutar de la mejor temperatura y de los té gratis que nos podíamos preparar en el comedor.

Ya estábamos instalados. Si habíamos sobrevivido este día, íbamos a poder sobrevivir el resto de la estadía.

En la próxima, alguito de Jerusalén.

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Día 151 – Cruzando a Jordania

Nos despertaron los primeros rayos de sol. Para ser que dormíamos en el piso, habíamos descansado bastante bien. Una vez que nos habíamos terminado de despabiliar, apareció una de las beduinas (una señora grande, que era quien nos había recibido) con unos tés y unos grisines.

Después de desayunar, esperamos un rato que llegara la combi que nos iba a llevar a Damasco. Un par de horas después estábamos en la terminal.

La ruta a Damasco estaba bastante más controlada que las anteriores y al llegar a la ciudad se veía la fuerte presencia militar en las calles. Sin embargo, nos pidieron el pasaporte solamente una vez más.

Llegamos a la terminal y (después de pelearnos con el chofer porque nos quería cobrar por el equipaje) nos enteramos que el colectivo salía a eso de las 3 de la tarde así que no íbamos a poder conocer la ciudad. Nos quedamos a esperar en la terminal hasta que salió el bus.

La frontera con Jordania está bastante cerca. Ahí nos peleamos con la gente de migraciones porque nos cobraban un impuesto de salida de 500 libras sirias (10 USD) que no estaba especificado ni en la entrada ni en ningún cartel. Terminamos pagando el precio correspondiente después de que nos quisieran cobrar 12 dólares cuando vieron que no teníamos más libras.

Del lado jordano, a todo esto, tuvimos que esperar un buen rato más, ya que para el momento que llegamos, la gente de visas se había ido a “desayunar”. Una hora más tarde volvieron y se dignaron a cobrarnos los 20 euros de la visa.

Finalmente estábamos en camino.

Al llegar a Amman nos bajamos del bus y arreglamos por 10 dinares jordanos (10 EUR) el transporte para todos hasta la terminal del bus que iba hasta la frontera israelí. Al llegar nos quisieron cobrar 20 (porque dijeron que eran 2 autos), pero les dimos 10 y que se las arreglaran. Ya veníamos preparados para este tipo de gente.

Nos acomodamos y compramos unas papas para cenar. Como nos cerraron la sala de estar de la mini-terminal, terminamos estirando las bolsas de dormir en la puerta. Una noche más en el suelo no iba a ser para tanto.

En la próxima, la llegada a Jerusalén

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Día 150 – Tadmir

Tadmir, Palmira, es una antigua ciudad que cambió de nombre tras la conquista romana. Los romanos la llamaron Palmira, por las palmeras que había en el lugar. Este lugar se usó como parte de la ruta de la seda y gracias a eso aún se conservan varias ruinas de la época.

Esas ruinas eran las que íbamos a visitar.

En el sitio, cuya característica más dominante era la aridez, las columnas se alzaban por todos lados. También se veían restos de pórticos y arcos, y se podía caminar cerca de todas las cosas.

Llegamos más tarde al templo de Ba’al (o Bel, o Baal), una antigua deidad pagana que era adorada en la zona. Del templo queda bastante poco más que la muralla y la parte central, pero es suficiente para maravillarse cómo hubiera sido.

En la entrada encontramos a un insistente vendedor ambulante al que le terminamos comprando un par de cofias, como premio por ser el único que se enteró de la presencia de los escasos turistas.

Después visitamos el anfiteatro, un clásico de las ciudades romanas. Por supuesto, mucho más chico que el anfiteatro Flavio, pero igual es digno de verse.

A la salida del anfiteatro pensamos en buscar agua, pero el pueblo estaba bastante lejos. Tuvimos la suerte de que el vendedor había seguido hacia donde estábamos nosotros y se ofreció a llevarnos hasta el pueblo en moto. Un rato más tarde, Jony estaba de vuelta con las aguas.

Empezamos a subir hacia el castillo. La subida se hacía complicada por culpa de las piedras sueltas y de la arenisca que se desprendía por el sendero de a ratos marcado. Finalmente, al llegar, estaba cerrado. Raro, porque el horario decía lo contrario. Al ratito apareció una moto con dos personas. Se bajaron y abrieron las puertas. Como nosotros éramos los únicos turistas, se ve que no iba nadie a abrir hasta que fuera necesario.

Recorrimos el castillo con todos sus recovecos. En algunos lugares se veía la roca tallada con más precisión y en otros tomaba más una apariencia cavernaria. Calculo que la diferencia se debería a los distintos tiempos en los que se lo usó.

Desde arriba, la vista era impresionante. Se veía toda la antigua ciudad y buena parte de la nueva.

Bajamos y para completar el día nos fuimos al museo. No se podía sacar fotos, así que mucho para mostrar en cuanto a imágenes, no tengo. De todos modos, un par de esculturas encontradas en el sitio arqueológico formaban parte de la colección. Otro punto importante eran las reconstrucciones del templo de Baal, que permitían ver la grandeza del lugar en otros tiempos.

Finalmente nos volvimos al hostel después de un largo día. Sin embargo, no iba a terminar ahí, sino que después de armar los bolsos, los bajamos y nos subimos a una camioneta.

El destino: el desierto. A pasar una noche con los beduinos.

Pasamos primero por un pequeño campamento, un tanto pobre, donde vivía una familia. No pudimos hablar mucho porque ellos no entendían ni inglés ni español, ni nosotros árabe. Igual, nos “enseñaron” (la única que seguía un patrón cuando bailaba era una de las nenas) una danza beduina, que no requería demasiada elaboración, pero era demasiado para lo poco que nos entendíamos.

Al rato, después de despedirnos, volvimos a salir a la “ruta”. El sol ya empezaba a caer.

Terminamos llegando a una serie de carpas, un tanto más armadas que las anteriores (la que habíamos visitado y las que encontramos en el camino). Nos bajamos, acomodamos los bolsos y nos sentamos en almohadones dispuestos en los costados.

Al rato, vino una de las mujeres e invitó a las chicas del grupo a otra carpa (todo esto en señas, porque no entendíamos nada del idioma del otro). De a poco empezaron a llegar más de los beduinos, pero solo hombres. Aparentemente, la tradición dictaba esta estancia separada.

Al rato volvió Pao y nos contó que estaban intercambiando cremas y regalos y que ya habían empezado a comunicarse usando unas frases que tenían en la computadora. Ya conocían media vida de las otras. (La capacidad femenina de hacer ese tipo de cosas me sorprende incesantemente). Para no ser menos, agarramos la guía de Lonely Planet y empezamos a hacer algo parecido.

Conseguimos preguntarles los nombres y si eran de Palmira, y al rato, de alguna forma terminaron trayendo un instrumento musical semejante a un violín, pero de una cuerda y fabricado a base de una lata de aceite. Sorprendentemente, sonó muy bien hasta que se cortó la cuerda y no tuvieron con qué reemplazarla. Igual, tratamos de seguir con la conversa.

No mucho después, volvieron las chicas y nos avisaron que venía la comida. Comimos todos juntos, salvo los beduinos, que aparentemente habían roto el ayuno antes.

Después de la comida nos esperaba una sorpresa. Llegó un beduino con una pava con agua caliente, azúcar y una taza llena de yerba. Sí, los beduinos (y buena parte de Siria) toman mate. Nos dijeron que la yerba era importada de Argentina porque era de mejor calidad que la siria. Ellos lo toman un tanto lavado, con el agua hirviendo y bastante dulce. Estuvo bueno probar un mate que no fuera de los nuestros.

A estas alturas, estábamos ya bastante cansados. Más valía descansar porque temprano nos iban a pasar a buscar.

En la próxima, Damasco y el cruce a Jordania.

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Día 149 – Cruzando el desierto

Cuando habíamos hablado con el hombre del primer hotel, no nos había pintado un panorama muy amigable. “Damascus, broblem. Hama broblem. Homs broblem. Deir-ez-Zour, broblem”. Si bien ya sabíamos bastante respecto de los “broblems” que podíamos llegar a encontrar, pensábamos que el camino por Deir-ez-Zour nos iba a ahorrar varios de ellos.

Hablando con la gente del nuevo hostel nos enteramos de una nueva ruta por donde nos podía llevar un conocido de ellos. La ruta no figuraba en Google Maps.

Salimos bien temprano para esquivar el tránsito. 6 de la mañana nos despedimos de Aleppo.

Un par de controles (en uno solo nos pidieron pasaporte, en los otros nos dejaban pasar cuando el “fercho” decía que éramos argentinos) antes de llegar a un pueblo donde compramos algo para desayunar y seguimos viaje.

Un rato (y otros controles) más tarde y estábamos en el que creíamos que iba a ser el destino final del día, el lago Al-Assad (sí, se llama igual que el presidente (imaginen lago Cristina), pero en realidad es por el padre, ex-presidente (imaginen lago Néstor)(scary)).

El camping con el que habían hablado estaba bastante feo, así que le dijimos al chofer que íbamos a pasar directo hasta Palmira, pero que si quería descansar, nosotros podíamos ir a a un castillo que estaba ahí cerca, Qal’lat Ja’bar.

Esta fortaleza estaba en la cima de un cerro, pero con la creación del lago (es artificial), quedó como una isla.

Llegamos hasta la puerta nomás, porque estaba cerrado, pero nos alcanzó como para estirar las piernas un rato y sacar algunas fotos.

Almorzamos en el camping, despertamos a nuestro chofer y salimos. En el camino pasamos por las ruinas de Al-Rasafa. Al-Rasafa era un antiguo pueblo de paso en una de las rutas del comercio de la seda, al igual que Palmira. Hoy en día lo único que permanece en pie son las murallas y el templo en el centro de todo.

Ahí de verdad nos dimos cuenta de la desolación de una Siria en problemas, sin turismo que se moviera en estos lugares. Estábamos completamente solos.

Después de un rato, seguimos cruzando el desierto por estos caminos solitarios, que, extrañamente, estaban asfaltados y en muy buenas condiciones. Al rato nos despertamos con la voz del conductor que nos dijo en inglés: “Chicos, parece que están con suerte”. Adelante apareció una manada de camellos arriada por un par de sirios en moto. En realidad, supongo, eran dromedarios, pero como no hemos visto un camello propiamente dicho (dos jorobas), los vamos a seguir llamando así.

Dejamos que pasaran los (más de 100) camellos y continuamos viaje.

Ya eran como las 5 de la tarde cuando llegamos finalmente a Palmira.

Dejamos los bolsos en la pieza del hotel y salimos de vuelta a caminar, porque nos habían recomendado el atardecer en el castillo que está en la cima de una montaña.

La distancia era bastante y en subida el camino, así que no pudimos llegar hasta arriba, pero sí a un monte cercano desde donde pudimos sacarle un par de fotos tanto al castillo como al sitio arqueológico de Palmira.

Un rato más tarde emprendíamos el regreso al hotel. Al día siguiente íbamos a tener tiempo para recorrer todo.

En la próxima, la ciudad romana de Palmira

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Día 148 – Recorriendo Aleppo

Como habíamos acordado la noche anterior, temprano armamos los bolsos y nos fuimos para el otro hostel. Eran dos lugares muy parecidos, la única gran diferencia entre ambos era que el nuevo tenía internet.

Después que dejamos las cosas, Nicole nos estaba esperando para ir a dar una vuelta por la ciudad. Otra vez me tuve que poner el traje de intérprete para que pudieran entender todos.

Largamos yendo a la ciudad vieja. Al primer lugar que fuimos fue a los souqs. Los souqs son los típicos mercados árabes donde hay negocios que venden de todo. En la calle principal se encuentran negocios de todo tipo, pero las calles laterales tienden a tomar una especie de especialidad en la que trabajan todos los negocios. Acá había bastante gente, porque era el souq donde compraba la gente local.

Escapamos del mercado por una calle lateral y nos fuimos por encima de las murallas hacia la Bab Antakyeh, la puerta de Antakya. El diseño de las puertas de las murallas es bastante curioso, debido a que hacen una especie de zigzag, pensado especialmente para que no pudieran usar arietes ni armas de asedio contra las puertas del interior.

Seguimos caminando hacia un souq un poco más turístico. Ya por todos lados se empezaba a notar que éramos los únicos turistas de la ciudad, y las estrellas del mercado. Por todos lados se escuchaba a gente saludar con un “¡Argentina! ¡Maradona! ¡Messi!” aunque no faltaba el ocasional “¡Menem!”, que calmaban ante nuestras amenazas de mandárselo de vuelta. También se veía la predisposición de la gente para atendernos, desde los niños, que querían sacarse fotos con nosotros, hasta los más grandes, que se desvivían por vender hasta el momento en el que les decíamos que no íbamos a comprar nada.

 

A la salida nos fuimos a una fábrica de jabón de Aleppo, bastante reconocido en Europa. El jabón, hecho a base de hierbas, es fabricado en grandes toneles y puesto a secar en una bodega donde también se lo añeja durante 3 años para que obtenga su mejor calidad. También venden de 1 y 2 años de antigüedad, pero la diferencia se nota. Los hay además de 5 años, pero esos van directamente a venderse a Francia (no sé para qué, si los usan bastante poco…).

De ahí volvimos a cruzar el souq para ir a la Ciudadela. Antes hicimos una parada para comer en un restaurante donde pedimos un variadito de comida típica siria, acompañada por unos ricos jugos de fruta (menta-lima es el más tradicional).

Después de comer nos adentramos en la ciudadela. Tuvimos que sobornar al guardia para que nos dejara entrar a último momento y, al igual que en el resto de la ciudad, éramos los únicos turistas. La construcción era impactante, y se veía la influencia de todos los pueblos que la habían dominado. Eso sí, la fortaleza jamás había sido tomada por la fuerza. Estaba tan bien construida que los invasores nunca pudieron entrar, pero vencieron a los habitantes debido a los bloqueos que evitaban la entrada de víveres a la ciudad.

Una gran bandera siria envolvía el perímetro, el remanente de una protesta a favor del gobierno de Bashar Al-Assad. Según dicen, en Aleppo no se dan en tanta medida los factores que llevaron a las protestas que piden la renuncia del presidente en todo el resto del país, pero también, según nos enteramos, dicen que es conveniente tener la foto o demostrar de alguna manera el apoyo al régimen para que las leyes se les apliquen de forma más laxa.

Entramos a la ciudadela. Por dentro se veían los restos de cada civilización que la había tenido en su custodia. Aún hay varias partes que se siguen excavando para llegar a tener más información sobre la historia de esta construcción.

Recorrimos todo el interior, que contenía hasta una pequeña mezquita para los gobernantes de la ciudad, y salimos de vuelta al exterior. Ahí nos separamos de Nicole y Ahmed y volvimos a los souqs.

Otra vez, la gente del mercado nos llamaba a diestra y siniestra, haciéndonos sentir los únicos turistas del lugar (nos cruzamos con 3 chinos, así que no éramos los únicos). Pero después de la pasada tratamos de ir hacia el barrio cristiano.

No pudimos ver mucho del barrio, porque creo que en realidad jamás llegamos a encontrarlo del todo. Sin embargo se notaba el cambio de la gente que circulaba, un tanto por cuestiones étnicas y otro tanto por cuestiones de vestimenta. Aún así, la ciudad bullía con el ruido de las bocinas de la gente ansiosa por llegar a casa para desayunar tras el Ramadán.

Un rato más tarde, volvimos al hostel, donde terminamos ofreciéndole a nuestros huéspedes una mezcla gastronómica sirio-argentina, comiendo shish kebap pero asado por uno de los nuestros. Una gran comida.

En la próxima, operación Damasco.

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