Uno de los atractivos de Capadocia son los globos que todas las mañanas al amanecer llevan a los turistas a dar un paseo y tener una vista de arriba de los valles. También son un atractivo particular para los que no suben, ya que la vista de los globos en ascenso contra el sol que sale tiene una belleza especial. Me había propuesto levantarme para bajar y verlos, pero el sueño fue más fuerte, y me levanté solamente para sacar un par de fotos antes de volver a la cama.
Me volví a levantar con tiempo para armar y bajar los bolsos e ir a la excursión que habíamos pactado. Arreglamos con la agencia de turismo y nos subimos al bus.
En un lugar desde donde había una panorámica muy buena del Valle de las Palomas, el guía nos explicó un poco sobre cómo se formó el área y sobre los pueblos que vivieron ahí (en inglés, así que obviamente, volví a tener trabajo). El Valle de las Palomas le debe su nombre a la importancia que tuvieron las palomas mensajeras para los habitantes cristianos del lugar que se escondían de diversos enemigos como los iraníes, los bizantinos y los árabes.
La parada siguiente del tour fue el monasterio de Salamina, un antiguo monasterio tallado en la roca que contenía un buen número de iglesias y capillas talladas en la roca por los antiguos cristianos. El nombre de Salamina proviene de una monja que había adoptado ese nombre basado en aquél del rey Salomón. Desde el monasterio se podía observar un lugar que dicen que habría sido parte del set de filmación de la Guerra de las Galaxias, aunque nadie puede afirmarlo categóricamente.
Al terminar de recorrer nos fuimos hacia el cañón del Ihlara. Este cañón es el segundo más grande del mundo, sólo detrás del Gran Cañón del Colorado en Estados Unidos. La gran diferencia es que por Ihlara sigue pasando un río que le aporta bastante vegetación a la zona.
Ahí pudimos ver varias capillas de la Edad Media que también estaban metidas dentro de la roca. A algunas se podía llegar fácilmente, y otras estaban más escondidas y tenían entradas secretas. La mayoría estaban bastante deterioradas debido al avance de otras culturas sobre el lugar y al mismo desgaste que el ambiente les propinaba.
Al rato de caminar llegamos a un pueblo donde estaba previsto que nos detuviéramos a comer algo. La comida fue bastante completa, con sopa, ensalada y pescado con verduras. Comimos muy bien.
Volvimos a trepar al bus para ir ahora sí, finalmente a la ciudad subterránea. En realidad, la que visitamos era la más grande de una serie de ciudades que habían construido los antiguos cristianos para esconderse de la persecución de sus enemigos. Una maraña de túneles de techo bastante bajo, que se extendían en al menos 8 niveles (de los cuales pudimos bajar hasta el quinto), presentaban un gran reto para cualquier invasor. Las ciudades también estaban interconectadas entre sí y con la superficie en varios lugares, para facilitar el escape en caso de no poder contener el embate enemigo. Por dentro había habitaciones para que la gente viviera, almacenes, iglesias y hasta una escuela para educar a los más jóvenes.
Salimos después de un rato, y se notó el cambio de temperatura, ya que abajo teníamos alrededor de 17° y en la superficie hacía cerca de 40°.
Bus de nuevo y nos fuimos hacia un taller donde vendían artesanías de ónix. La sorpresa fue para nosotros cuando vimos que era el lugar donde habíamos salido la noche anterior del valle, antes de emprender el regreso. Ahí vimos cómo preparaban y lo modelaban la piedra hasta llegar al punto en el que el pulido le daba el colorido que tiene cuando está a la venta. La pobre peruana que nos explicaba en castellano se desvivía por hacernos comprar algo sin saber de nuestro acotado presupuesto.
Finalmente volvimos al hotel, buscamos los bolsos y salimos para la terminal. Ahora nos tocaba una serie de trasbordos que nos iba a llevar a una nueva tierra: Siria.
En la terminal fue la primera separación del grupo. Los que iban a Tel Aviv tomaron un bus más temprano para ir a Estambul. Nosotros salimos en un minibus con destino a Kayseri, una de las ciudades más grandes de Turquía.
En Kayseri nos despedimos de Juancho, Mati y Juli, que iban a ir a Dubai, y cuyo tren salía desde esta ciudad. Ya cerca de las 12 de la noche tomamos nuestro colectivo en dirección a Antakya, una ciudad que estaba cerca de la frontera.
Sería mentir decir que no nos preocupaba la idea de entrar en un país con graves conflictos internos, pero confiábamos en que teníamos suficiente información como para evitar problemas. Era cuestión de esperar y ver.
En la próxima, la llegada a Siria.


































