Día 146 – La ciudad subterránea

Uno de los atractivos de Capadocia son los globos que todas las mañanas al amanecer llevan a los turistas a dar un paseo y tener una vista de arriba de los valles. También son un atractivo particular para los que no suben, ya que la vista de los globos en ascenso contra el sol que sale tiene una belleza especial. Me había propuesto levantarme para bajar y verlos, pero el sueño fue más fuerte, y me levanté solamente para sacar un par de fotos antes de volver a la cama.

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Me volví a levantar con tiempo para armar y bajar los bolsos e ir a la excursión que habíamos pactado. Arreglamos con la agencia de turismo y nos subimos al bus.

En un lugar desde donde había una panorámica muy buena del Valle de las Palomas, el guía nos explicó un poco sobre cómo se formó el área y sobre los pueblos que vivieron ahí (en inglés, así que obviamente, volví a tener trabajo). El Valle de las Palomas le debe su nombre a la importancia que tuvieron las palomas mensajeras para los habitantes cristianos del lugar que se escondían de diversos enemigos como los iraníes, los bizantinos y los árabes.

La parada siguiente del tour fue el monasterio de Salamina, un antiguo monasterio tallado en la roca que contenía un buen número de iglesias y capillas talladas en la roca por los antiguos cristianos. El nombre de Salamina proviene de una monja que había adoptado ese nombre basado en aquél del rey Salomón. Desde el monasterio se podía observar un lugar que dicen que habría sido parte del set de filmación de la Guerra de las Galaxias, aunque nadie puede afirmarlo categóricamente.

Al terminar de recorrer nos fuimos hacia el cañón del Ihlara. Este cañón es el segundo más grande del mundo, sólo detrás del Gran Cañón del Colorado en Estados Unidos. La gran diferencia es que por Ihlara sigue pasando un río que le aporta bastante vegetación a la zona.

Ahí pudimos ver varias capillas de la Edad Media que también estaban metidas dentro de la roca. A algunas se podía llegar fácilmente, y otras estaban más escondidas y tenían entradas secretas. La mayoría estaban bastante deterioradas debido al avance de otras culturas sobre el lugar y al mismo desgaste que el ambiente les propinaba.

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Al rato de caminar llegamos a un pueblo donde estaba previsto que nos detuviéramos a comer algo. La comida fue bastante completa, con sopa, ensalada y pescado con verduras. Comimos muy bien.

Volvimos a trepar al bus para ir ahora sí, finalmente a la ciudad subterránea. En realidad, la que visitamos era la más grande de una serie de ciudades que habían construido los antiguos cristianos para esconderse de la persecución de sus enemigos. Una maraña de túneles de techo bastante bajo, que se extendían en al menos 8 niveles (de los cuales pudimos bajar hasta el quinto), presentaban un gran reto para cualquier invasor. Las ciudades también estaban interconectadas entre sí y con la superficie en varios lugares, para facilitar el escape en caso de no poder contener el embate enemigo. Por dentro había habitaciones para que la gente viviera, almacenes, iglesias y hasta una escuela para educar a los más jóvenes.

Salimos después de un rato, y se notó el cambio de temperatura, ya que abajo teníamos alrededor de 17° y en la superficie hacía cerca de 40°.

Bus de nuevo y nos fuimos hacia un taller donde vendían artesanías de ónix. La sorpresa fue para nosotros cuando vimos que era el lugar donde habíamos salido la noche anterior del valle, antes de emprender el regreso. Ahí vimos cómo preparaban y lo modelaban la piedra hasta llegar al punto en el que el pulido le daba el colorido que tiene cuando está a la venta. La pobre peruana que nos explicaba en castellano se desvivía por hacernos comprar algo sin saber de nuestro acotado presupuesto.

Finalmente volvimos al hotel, buscamos los bolsos y salimos para la terminal. Ahora nos tocaba una serie de trasbordos que nos iba a llevar a una nueva tierra: Siria.

En la terminal fue la primera separación del grupo. Los que iban a Tel Aviv tomaron un bus más temprano para ir a Estambul. Nosotros salimos en un minibus con destino a Kayseri, una de las ciudades más grandes de Turquía.

En Kayseri nos despedimos de Juancho, Mati y Juli, que iban a ir a Dubai, y cuyo tren salía desde esta ciudad. Ya cerca de las 12 de la noche tomamos nuestro colectivo en dirección a Antakya, una ciudad que estaba cerca de la frontera.

Sería mentir decir que no nos preocupaba la idea de entrar en un país con graves conflictos internos, pero confiábamos en que teníamos suficiente información como para evitar problemas. Era cuestión de esperar y ver.

En la próxima, la llegada a Siria.

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Día 145 – El valle del amor y otras piedras

El viaje había sido largo y cansador, y habíamos llegado al hostel a eso de las 5 de la mañana, así que aprovechamos la hospitalidad de la gente del lugar para dormir en las mesas del lobby hasta que se hiciera la hora que pudiéramos entrar a nuestra habitación común.

Un buen rato más tarde, llevamos las cosas a nuestra pieza de 20 (Fede y Flor se habían separado en Estambul), donde nos esperaba un colchón y una almohada para cada uno. A estas alturas, era un lujo.

Después de acomodarnos, bajamos al patio para desayunar algo y usar un poco de internet. Almorzamos y salimos.

Göreme es un pueblo que está en una zona llamada Capadocia. La característica de esta zona son los picos rocosos que dejó la erosión del viento y el agua sobre las piedras de origen volcánico del lugar. Ahí, la parte formada por la ceniza sufrió más los embates de la naturaleza que aquella formada por la lava, creando un paisaje (ya debe ser la vez número 150 que uso esta palabra en 145 días, pero vale la pena) único.

La caminata nos llevó a pasar por picos, cuevas y capillas talladas en la roca, arroyos desérticos y arena, a medida que atravesábamos los valles rojo y rosado. El sol no importaba a estas alturas porque estábamos muy ocupados mirando el lugar.

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Finalmente, después de un largo rato de caminata (tal vez bastante mayor al del día anterior), llegamos a una de las vistas más famosas del área, el Valle del Amor. Este valle es muy particular y tiene ese nombre debido a que las piedras tienen forma de… Bueno, los voy a dejar que vean por ustedes mismos.

Ya estaba empezando a bajar el sol, así que pegamos la vuelta por un camino distinto, pero que salía del valle en dirección al hotel.

La caminata se hacía larga y este nuevo camino por las piedras nos llevaba de lado a lado, trepando y descendiendo, y el sol cada vez acompañaba menos. Para colmo de males, el agua se iba acabando, a pesar de que habíamos llevado una buena cantidad cada uno. La marcha era cada vez más rápida para evitar que nos agarrara ahí la noche. Un perro extraviado había tomado el rol de guía ante la incertidumbre del más ubicado entre todo el grupo.

Ya se había hecho de noche cuando a la distancia las luces de una ciudad renovaron las esperanzas. Imaginamos que era Göreme, pero nos íbamos a sorprender cuando llegamos a la ruta, porque en vez de ser la ciudad que estábamos buscando, ésta era Uchisar, otra ciudad a 7 Km. de donde estábamos alojados.

Después que compramos un poco de agua y que nos lavamos la cara y las manos con la canilla de un lugareño, seguimos caminando por la oscura ruta. No parecieron 7 kilómetros, pero igual fue bastante el trecho. La bajada a Göreme se hizo eterna por las ansias de llegar a comer algo.

Al llegar, unos kebaps nos revivieron un poco y aprovechamos estar ahí para cerrar una excursión para el día siguiente y para comprar los pasajes hacia los distintos lugares que teníamos que ir. Nosotros, hasta Aleppo, el próximo destino para los temerarios (¿insensatos?) que íbamos a seguir a Siria.

En la próxima, la ciudad subterránea.

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Día 144 – Expedición a la montaña

Nos levantamos a las 5 de la mañana porque sabíamos que era la única forma de conocer un sendero de trekking que nos habían recomendado y que nos llevaba como destino final a una cascada. Nos habían dicho que eran dos horas y media de ida y dos horas y media de vuelta, y como pretendíamos tomar el colectivo a Göreme a la tarde, no teníamos mucho tiempo que perder. Lo bueno es que a esa hora ya empieza a clarear el día en el verano turco.

Empezamos a caminar en bajada, siguiendo el camino desde la bifurcación que salía hacia el camping. Por ahora el camino era fácil, solamente dejar que los pies fueran adelante y tratar de no pisar la tierra y las piedras flojas.

Era bastante loco pensar que a la hora a la que habíamos salido a caminar, en Argentina todavía seguía siendo el día anterior.

Llegamos al ratito a una playa, parte de arena y parte de piedras blancas, que antes veíamos desde muy arriba, desde acá, parecía, iba a ser todo subida.

Empezamos a internarnos en un bosquecito, y los carteles nos indicaban el camino a seguir. De a poco, el camino se iba poblando con cada vez más y más piedras a medida que nos acercábamos al cañón que se había formado alrededor del arroyo que descendía de la cascada. La belleza del sendero iba también en aumento.

Seguimos bordeando el río y esquivando obstáculos. En un momento tuvimos que meternos hasta la cintura en una lagunita y ahí, por ayudarme con mi cámara y finalmente salvarla, casi tenemos un accidentado (Daro).

El camino se iba haciendo más empinado y subimos y subimos hasta que por fin llegamos a la cascada.

Con los esfuerzos recompensados, empezamos a volver. Algunos, sin embargo, se habían quedado con ganas de más, ya que estábamos preparados para caminar casi 5 horas y nada más habíamos caminado 1, y empezaron a buscar el camino alternativo (habíamos venido por el camino difícil).

Jony en un momento encontró una subida por donde existía una posibilidad de llegar a este camino, pero en vez de llegar a la certeza, engañados empezamos a trepar por un lugar bastante más complicado que el anterior.

Ya se habrán dado cuenta, por mi forma de escribir el último párrafo, que el vértigo no me hizo fácil la subida, y ni hablar la bajada, pero la vista era un espectáculo. Aunque esto me lo van a tener que creer, porque no me iba a soltar de las piedras para sacar una foto.

Una vez a salvo de nuevo, después de esquivar las piedras que e iban desprendiendo de los que bajaban de más arriba, continuamos el retorno, por el camino que habíamos hecho antes.

Llegamos a la playa y paramos para descansar, aprovechando para bañarnos en el mar que estaba bastante picadito, pero la claridad del agua daba confianza para meterse.

 

Volvimos al camping, terminamos de juntar las cosas y empezamos a subir para tomar el dolmus que nos iba a pasar a buscar para llevarnos a la terminal. Cuatro de la tarde salimos y nos despedimos de este pequeño paraíso escondido en un rincón del Mar Mediterráneo.

En la próxima, la pedregosa Göreme.

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Día 143 – Las 5 islas

Salimos de vuelta medio temprano porque habíamos arreglado para hacer una excursión llamada “Las 12 islas”, que consistía en un paseo en barco para ver las pequeñas islas que hay alrededor de la zona y con cinco paradas (por eso el título) para poder bañarnos y conocer.

Después de los trotes de los dos días veníamos bastante cansados, y el hecho de que el barco tuviera una especie de colchones en el suelo, no ayudaba. Igual, nos las arreglamos para sacar algunas fotos antes de quedarnos dormidos.

En la primera parada ya aprovechamos para meter un buen chapuzón, saltando desde el trampolín que tenía el barco en el segundo piso. El agua, limpia y cristalina daba confianza, porque uno siempre podía calcular la profundidad que había hacia abajo.

En las otras paradas se iban viendo ruinas y otras edificaciones, pero lo principal siguió siendo la posibilidad de meternos una y otra vez al agua. En una de las paradas se podía ver con los esnórqueles los restos de los cimientos de una casa apenas sumergida, que la apodaban “la casa de Cleopatra”. Difícilmente haya vivido ahí, pero sirve para el marketing.

En la última parada (la isla de los conejos) se detuvo al lado nuestro un barco que tenía un tobogán de agua. Varios terminaron entrando de canuto al otro barco para lanzarse, a tal punto que el capitán de nuestro barco nos dijo que estaba por llegar otro barco, cuyo capitán era su primo, que también tenía tobogán, para que no siguiéramos yendo a ese. Dicho y hecho, pasamos más tiempo de esa parada en el barco de al lado que en el barco nuestro.

Empezamos a pegar la vuelta, con banda sonora retro aportada por la Nati, y aprovechamos para descansar de lo que había sido un agotador día de relax.

Al camping llegamos ya de noche y salimos a buscar leña para poder cocinar unas hamburguesas que habíamos comprado. El trámite se hizo un poquito complicado por la falta de luz, pero después de un rato ya estábamos deleitándonos con el fruto de nuestra labor.

Al día siguiente íbamos a tener que madrugar…

En la próxima, expedición a la cascada

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Día 142 – Welcome to Middle-of-nowhere, Turkey. Population: You!

Nos despertamos después de un merecido descanso y nos dimos cuenta de una extraña realidad. Estábamos bastante lejos de lo que podíamos considerar civilización y difícilmente algún transporte podría llegar hasta el lugar del camping.

Nada de eso iba a importar, principalmente porque lo primero que vimos cuando nos despertamos fue esto:

El mar azul abajo, rodeado de montañas, era un paisaje que nos mostraba que estábamos en un lugar único. (También es importante notar que éramos los únicos en el lugar)

Salimos, después del desayuno, a tratar de tomar el dolmus que nos iba a llevar a la Laguna Azul (Blue Lagoon), una playa bastante conocida en Ölüdeniz. La subida fue bastante dura, pero no tanto como había sido la bajada del día anterior. Un nuevo viaje, apretados cual sardinas en lata y zamarreados por el estilo temerario de conducción turco, terminó por llevarnos a nuestro destino.

La Blue Lagoon es una entrada del mar en una especie de mini golfo rodeado por playas y montañas. El agua del lugar es bastante tranquila y transparente, gracias a la especie de península que la aísla del mar. La playa era bastante pedregosa y estaba llena de gente que había ido a disfrutar lo mismo que nosotros.

Estuvimos toda la tarde haciendo playa y disfrutando del mar. En un momento, unos 6 o 7 nos fuimos a nadar mar adentro a tratar de ver si se veía algún pez o algo. No vimos mucho, y menos yo pidiendo antiparras prestadas. Igual, vimos un par de barcos y nadamos un buen rato.

A la vuelta, ya era la tarde y nos fuimos a reencontrarnos con algunos del resto que se habían ido a hacer parapente en un lugar que habían encontrado.

Una vez reunidos decidimos ir pegando la vuelta para que no nos volviera a agarrar la noche en la bajada, como nos había pasado el día anterior.

En el regreso, como teníamos el bus casi para nosotros solos, pudimos convencer al chofer para que se detenga y nos deje sacar algunas fotos al hermoso atardecer que nos estaba regalando Turquía.

En la próxima, una vuelta en barco.

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Día 141 – Strangers in the (Stranger) Night

A los bártulos los teníamos armados, el bus salía a la mañana, así que tomamos un desayuno rápido y partimos para la terminal. Esta vez, habíamos pagado el bus barato de la misma empresa y la calidad bajaba bastante, pero al menos seguía teniendo internet, aunque escaseaba el espacio de piernas.

Unas cuantas horas más tarde, estábamos en Fethiye. Un rato nos tardó poder comunicarnos con la gente del camping para asegurar que tuviéramos los lugares reservados y después (post-almuerzo) averiguamos sobre un transporte que nos fuera a llevar hasta ahí.

Cuando nos dijeron en otra empresa que el precio iba a ser 7 TL (unos 3 euros), agarramos viaje. Se ve que el uso de internet y del bebedero de la empresa los debe haber enemistado un poco con el grupo, porque nos terminaron mandando a los 22 en esto:

Como no podía ser de otra manera, el motor del pobre vehículo fue tirando cada vez menos, al punto de casi quedarnos en una subida muy transitada y fue ahí que tuvimos la primera revelación en cuanto al tránsito: la salud mental de los conductores iba a ser inversamente proporcional al tiempo de viaje que lleváramos desde Grecia en adelante, siguiendo la curva donde finaliza el Mediterráneo.

Llegó finalmente el momento en el que no dio más, y tras pelearnos con el conductor, la empresa y casi hasta con unos mozos que nos hicieron de intérpretes, conseguimos no pagar por el servicio no prestado más que una libra para cubrir el combustible. El conductor nos arregló el transporte con uno de los dolmus (minibuses) públicos que pasaban por ahí. Entonces tuvimos la segunda revelación: la línea entre transporte público y transporte privado iba a empezar a desaparecer también: el conductor abandonó su recorrido (al igual que al resto de los pasajeros en la que en teoría era la última parada) para llevarnos a nosostros.

Después de varias raspadas de gomas y guardabarros en un camino de cornisa y curva y contracurva, el dolmus nos iba a dejar a algo así como un kilómetro del lugar donde habíamos acordado alojamiento. Con un cocodrilo en el bolsillo más notorio que el de una remera Lacoste paraguaya, negamos el ofrecimiento (pago) de una camioneta de llevarnos hasta el lugar y entramos a caminar.

A todo esto, el sol ya había entrado a caer.

Al llegar a la bajada ya estaba oscuro, pero debía faltar poco creíamos. A medida que bajábamos más, la tierra se deshacía cada vez más en guadales y encontrábamos cada vez más piedritas sueltas que rodaban bajo nuestros pies. El avance se hacía engorroso porque había que seguir la luz de las linternas para evitar un (tal vez) doloroso traspié.

Finalmente se vieron luces en lo bajo. Terminamos con alivio la bajada y exhaustos bajamos las mochilas. Habíamos llegado al Helin Kamp.

Nos indicaron el camino hasta la cubierta de yoga, un balcón entablonado al que íbamos a llamar casa. Sin hacer mucho caso de la peculiar comunidad que vivía ahí (incluyendo a un colombiano bastante fumado que dormía con nosotros), comimos unos sandwiches y nos fuimos a acostar.

En la próxima: Ölüdeniz y la laguna azul, y más sobre el Helin Kamp. Y una entrada con más fotos, lo prometo.

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Día 140 – Los blancos manantiales de Hierápolis

Llegamos por la mañana a la terminal de Denizli con una hora de atraso, así que ya nos estaba esperando la persona que nos iba a ir a buscar para ir al camping que habíamos reservado.

El camping estaba lejos pero valía la pena la escapada. Ya en el camino pasamos por el borde de la atracción principal que íbamos a ver, el sitio arqueológico de Hierápolis/Pamukkale. Pero eso viene en un rato.

En el camping no les costó convencernos de quedarnos, en primer lugar por lo alejado que estábamos, segundo por el precio y tercero por esta vista:

Dejamos los bolsos y acordamos con el dueño del camping para que nos pasaran a buscar para el regreso y empezamos a bajar hacia la Hierápolis.

Hierápolis es el nombre de una antigua ciudad romana cuyos restos se pueden ver aún hoy gracias a las excavaciones de los arqueólogos. Tal vez a muchos les suene porque ahí se descubrió muy recientemente (leímos la publicación al día siguiente de estar ahí) la tumba de uno de los 12 apóstoles (si no recuerdo mal, San Felipe).

Además de eso, se puede encontrar un teatro romano y varias otras construcciones, de las cuales quedan mayormente grupos de columnas aislados entre sí.

La verdadera estrella del complejo es en realidad un conjunto de termas que van cayendo en cascada de pileta en pileta por la ladera de una montaña blanca de piedra caliza. No son en realidad termas, ya que el agua originalmente es fría, pero las piletas son bastante cálidas. De todos modos, la clave es la ruptura del paisaje verde con estas escalinatas que imitan la nieve.

Un chapuzón fue parada obligada a medida que bajábamos, pero eventualmente tuvimos que subir, apremiados por el tiempo y el hambre.

Comimos algo que compramos en un súper y nos dedicamos a pasar la tarde en la pileta.

A la noche, una pancheada hizo el punto final que necesitábamos para cerrar otro buen día. Ahora a dormir a nuestros pufs, un upgrade a lo que había sido el último camping en Mikonos y tal vez hasta al último hostel. El techo lleno de estrellas definitivamente era un beneficio.

En la próxima, viaje a las playas turcas.

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Día 139 – La salida de Estambul

Hay algo bastante curioso sobre la dinámica de un grupo tan grande. A veces uno sale con unos, otras veces con otros, otras veces con todos, otras veces solo. En general, cuando uno empieza una ciudad con alguien, es bueno seguir con ese grupo hasta terminarla, para no perderse nada. En la próxima ciudad, otro grupo (o el mismo) y seguir…

Salí con mi grupo con dirección a la Cisterna Basílica, uno de los últimos lugares que nos faltaba ver. Al llegar a la puerta nos encontramos con una cola bastante grande y un precio de entrada bastante mayor a lo que esperábamos para lo que nos enteramos finalmente que era, una cisterna. Cruzamos la calle y nos fuimos a la Hagia Sofía.

La Hagia Sofía es una de las imágenes más famosas de Estambul junto con la Mezquita Azul, justo enfrente. El techo abovedado es una marca de la arquitectura que domina el horizonte estambuleño (todavía no busqué si es el gentilicio correcto o no).

Lo primero que se ve por el costado son los grandes contrafuertes que sostienen la media bóveda de la cúpula. La gran puerta invita la entrada a esta iglesia/mezquita/museo.

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Una vez adentro, una sucesión de candelabros y cuatro grandes placas circulares hablan de la presencia del Islam en el edificio. Sin embargo, los arreglos en con mosaicos en las paredes y techos son exclusivamente cristianos. Cada parte habla un poco sobre la filosofía de cada religión. (Si se les había ocurrido la pregunta, los guardias de seguridad y los guías con equipos de audio le recuerdan a uno el presente de museo)

La cúpula en lo alto habla de la majestuosidad del lugar. Construida en épocas donde el imperio romano trataba de recuperar la grandeza de su par occidental, la iglesia está dedicada a la Santa Sabiduría, la Aya Sofía.

La galería superior es también un lugar digno de visitar. Allí se ve buena parte del legado original cristiano que se empezó a montar en el siglo VI.

Obviamente, las decoraciones cristianas estarían en mayor estado de abandono si el presidente Atatürk no la hubiera declarado museo en 1935, pero el toque islámico que le da la conquista desde el siglo XV es también invaluable.

Con el poco espacio que hay acá para escribir (créanme que siempre sería poco) no alcanza para terminar de explicar lo que se puede ver ahí adentro. Un lugar obligatorio de visita para cualquiera que visite Estambul, por más que los turcos no conozcan los descuentos de estudiante o de grupo.

Volvimos al hostel con suficiente tiempo como para terminar de juntar las cosas y empezar a buscar transporte hacia Taksim. Tomamos un taxi (o taksi en turco, valga la redundancia) para evitar la gran subida que nos separaba y un rato más tarde estábamos en un Teknobus de Pamukkale (empresa), directo a Pamukkale (lugar. Denizli, en realidad).

La verdad es que es una manera recomendada de viajar que si alguien en alguna empresa de Argentina lo lee, le aconsejo imitar. Servicio 5 estrellas, con comida y desayuno, y bebidas a pedido. Asientos reclinables al estilo coche cama, con pantallas individuales donde uno puede elegir entre televisión satelital, películas nacionales y extranjeras, música (MP3 y videos) y una entrada USB por si las opciones no eran del agrado del pasajero. Internet wi-fi todo el camino y enchufes para conectar los aparatos electrónicos en cada asiento. Ah, y aire acondicionado. Todo esto sin ser más caro que un colectivo de calidad ejecutiva comparable en Argentina.

Iba a ser un viaje cómodo.

En la próxima, fuentes nevadas de aguas cálidas.

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Día 138 – Despedida turca

Nos levantamos medio tarde y estuvimos bastante tiempo hablando y discutiendo sobre los caminos a seguir más adelante. Formalizamos definitivamente la opción Ölüdeniz y los chicos que decidieron saltar Siria por aire cerraron sus pasajes aéreos a Tel Aviv.

No nos quedaba mucho más por ver en Estambul, o eso creíamos, así que salimos bastante tarde como para recorrer una vez más la zona de Taksim, con sus precios bastante baratos para ver si comprábamos algo y reservar los pasajes a nuestros próximos destinos.

Nos terminamos separando en dos, y yo creí que la reunión iba a ser pronta, pero no fue así. Igual, pasamos un rato dentro de los negocios (personalmente, si hubiera estado la camiseta de los Spurs de Manu en el negocio de Addidas hubiera tenido que gastar plata) sin comprar nada y dejamos pasar un poco la tarde, té bajo la Torre Genovesa mediante.

Volvimos al hostel temprano, porque como iba a ser nuestra última noche en la ciudad, y acá íbamos a dejar a Guille y Ale, que iban a volar directo a Egipto, era necesario hacer una fiesta de despedida, y esto requiere un cierto tiempo de elaboración.

Panchos fueron la comida, turbantes y velos la vestimenta obligatoria y los juegos de Matías la animación. Una noche bastante entretenida.

Bastante tarde nos acostamos, pero habíamos visto un par de cosas para hacer al día siguiente, así que iba a ser necesario levantarse.

En la próxima, sin querer, metimos una visita obligada.

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Día 137–Topkapi!

Ese es el nombre del palacio que íbamos a visitar ese día. No nos levantamos demasiado temprano, sino que decidimos aprovechar para descansar un poco del ritmo que veníamos trayendo. De paso nos sentamos a decidir si el próximo destino iba a ser Izmir o algún otro. Se propuso ir a las playas del sur como alternativa y casi todos estuvimos de acuerdo.

Salimos ya casi llegados a la hora de almorzar y paramos en un puestito donde vendían pescado en sandwich con ensalada. Con la cantidad de pescadores que hay en el puente, el pescado tenía garantía de ser fresco y en verdad estaba muy rico.

Llegamos al Palacio, en cuyos jardines habíamos comido el primer día. Este palacio había pertenecido a varios sultanes del Imperio Otomano y se utilizó como tal hasta la llegada de la República

El palacio por dentro no se parece a los palacios europeos. La primera diferencia es la ornamentación visible. Lejos de las imágenes pintadas en frescos, los otomanos preferían decorados abstractos, con líneas y figuras en techos y paredes.

La otra gran diferencia era la forma en la que estaban organizadas las dependencias. En los palacios europeos se veía la tendencia de centrar todo en un solo gran edificio y construir un gran jardín para que el regente aprovechara para su descanso. Los otomanos, en cambio, organizaban todo en patios sucesivos, cada uno dispuesto para distintos propósitos. En el primero se realizaba toda la actividad diplomática del monarca junto con sus actividades de soporte (cocina, etc.), y en el segundo se encontraba su espacio de vivienda, así como los lugares donde se reunía la corte.

En el palacio se exhibían grandes tesoros como medallas de batalla, sables y tronos con joyas insertadas y otros objetos como ropajes de los sultanes que no pudimos fotografiar porque no estaba permitido. El palacio finalizaba en su parte posterior con una gran vista al Bósforo.

 

Aprovechando que era temprano, fuimos yendo despacito para llegar a la torre genovesa, donde nos íbamos a encontrar con una parte del resto del grupo. La torre genovesa es una gran torre que se puede ver por encima del horizonte estambuleño (si alguien conoce el gentilicio de verdad, me lo dice) y que se encuentra por encima de una plaza donde se reúnen artesanos y vendedores a ofrecer sus productos.

 

Junto con uno de estos, Mateo, un ecuatoriano que se hospedaba en el hotel a cambio de limpiar las escaleras, estaban los chicos. Tuvimos la noticia fea de que le habían robado al Agu y que se les había escapado el ladrón. Por suerte no tenía nada que le causara el fin del viaje, pero igual no es lindo que pasen esas cosas.

Con los chicos seguimos camino hacia la gran calle comercial. Como ya otras veces, los artistas callejeros estaban al máximo, y los negocios de los costados se encargaron de frenar algunas veces a las chicas, así que por cualquier cosa, establecimos un punto de encuentro para más tarde frente a un McDonalds que había más adelante.

Terminamos picando en punta con el Gurí porque no nos parábamos tanto a ver la ropa, aunque sí a los artistas callejeros (a los que les debemos varias liras turcas para la próxima). Igual, llegamos todos a tiempo al punto de encuentro y nos fuimos a tomar algo a uno de los barcitos que habíamos visto la noche anterior.

Ya cansados después de otro día largo, volvimos al hostel donde el ventilador iba a hacer lo posible por refrescarnos en una habitación donde la humedad iba en aumento constante.

En la próxima, un día un poco más tranquilo.

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