Día 157– La magnífica ciudad de Petra

13 de agosto de 2011

Nota: muchas de las publicaciones en este blog fueron escritas mucho después de los eventos reales. A partir de esta publicación, la fecha de la publicación va a ser la fecha real de escritura y voy a incluir junto con el título la fecha de los hechos descritos.

Nos levantamos temprano para aprovechar la luz del día. El desayuno, como venía siendo hacía ya varios días, nos esperó con pan árabe y queso untable. A esa altura, no puedo exagerar lo que extrañaba unos buenos criollos con dulce de leche.

Empezamos el descenso desde la ciudad moderna, donde se ubican todos los alojamientos y las viviendas, hasta el parque donde se ubica la antigua ciudad de Petra.

El trayecto era largo, pero a esa hora, el clima estaba fresco todavía. Nos habían recomendado empezar temprano para evitar el intenso calor del desierto. Podíamos permitirnos estar medio día, dado que la entrada (que cuesta nada más y nada menos que 50 dinares jordanos, unos 50 euros) servía para entrar dos días al sitio arqueológico.

Llegamos al ingreso, y después de tener algunas dificultades para que los cajeros escribieran los nombres (con pasaporte en mano y todo), conseguimos ingresar. En la entrada, se puede encontrar todo tipo de medios de locomoción a tracción animal: caballos, burros, carros y camellos.

Avanzamos un poco más y empezamos a ver las primeras construcciones. La tumba de los obeliscos apareció a nuestra derecha. Lo que llama la atención, y lo que le da el nombre, son los cuatro obeliscos de su fachada, una de las primeras características que demuestran los distintos estilos arquitectónicos que influyeron la arquitectura local.

El corte en la tierra que se ve entre mi persona y la tumba en la foto es el lecho del río (en ese momento seco) que formó el Wadi Mousa, o, en árabe, Valle de Moisés. El río que pasa por ese lugar, según los locales, fue el que se originó cuando Moisés golpeó una roca con su bastón e hizo brotar un manantial en el medio del desierto.

Continuamos nuestro recorrido, siguiendo el lecho del río y llegamos al Siq. El Siq es un cañón formado por el río que sirve como entrada a la ciudad antigua.

En un momento, la temperatura desciende y uno se encuentra entre dos grandes paredes de piedra que opacan el sol (salvo al mediodía) y que hacen parecer que uno no está en medio del desierto.

Se me hace que debe haber sido muy difícil asediar una ciudad con una entrada de estas características. El pasaje era bastante estrecho, al menos para un grupo de gente, y desde la parte superior de los muros se podía armar una buena defensa.

Por el camino zigzagueante uno podía ver pequeños restos de esculturas, que en algún momento habrían recibido al visitante, y, a los costados, unos canales, donde aparentemente habrían encauzado el agua del río o de las escasas lluvias de la zona. Cabe aclarar que esta civilización había logrado desviar el río lo suficiente como para que no inundara su sección del valle, pero no tan lejos como para que no pudieran aprovecharlo.

Al finalizar el camino, se abre paso el imponente Tesoro. El Tesoro es una construcción

tallada en la roca que aparentemente habría albergado un templo importante. El estado de conservación es notable, gracias a la combinación de las montañas que lo aíslan del viento y de la falta de humedad.

En la fachada se ven elementos helénicos y románicos, mezclados con un poco del sabor local. Si uno no aprovechó para contratar un camello en la entrada, no hay problema, porque puede encontrar más en esta sección.

Está prohibido ingresar, pero la fachada es suficiente como para generar un impacto visual importante.

Seguimos por el camino y comenzamos a ver algunas de las casas construidas en la piedra. Aprovechando que todavía era temprano, además de recorrerlas, decidimos ir por un camino que ascendía por una de las escarpadas paredes del cañón.

A medida que subíamos, las vistas eran cada vez más increíbles. Finalmente, después de una larga subida, llegamos al final. En la cima corría un viento que no esperábamos más abajo. Pero de todos modos solamente aliviaba un poco el calor del desierto. Las panorámicas hacia abajo dejaban ver un poco más de la ciudad.

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Emprendimos el descenso, porque había aún mucho para ver. Solamente teníamos dos días para visitar la antigua ciudad. Un tiempo suficiente, pero había que esforzarse.

Tras un descenso un poco menos cansador que el ascenso, condimentado con un burro que puede o no haber sido utilizado como medio de transporte transitorio (hasta que lo encontró el dueño), volvimos a llegar al nivel del suelo. Una parada y continuamos.

Lo más sorprendente de Petra fue la capacidad de sus habitantes de cavar templos, viviendas y teatros en la roca. No es tan difícil imaginar a este pueblo viviendo en el desierto, protegidos por la naturaleza y alimentados por el comercio con los viajantes y el agua que brota del manantial que, se dice, Moisés habría hecho brotar.

Esta ciudad, completa con sus influencias griegas y románicas, es muy interesante para analizar cómo el acercamiento de civilizaciones puede cambiar la vida de una sociedad. Una de las edificaciones no religiosas más llamativas es el teatro griego tallado en la piedra, donde, con seguridad, muchas obras se presentaron.

Ya más alejados del Siq, comienzan a verse viviendas. En realidad, estas viviendas son más excavaciones en la roca, pero poseen una simpleza mayor a la de las grandes construcciones religiosas.

No fue mucho el tiempo que tuvimos sobre el terreno plano. Ya nos acercábamos al momento de tener que subir a otro de los grandes templos. Este, al estar más expuesto a la erosión eólica, no presentaba el mismo estado de conservación que el magnífico Tesoro, pero, sin duda, era una vista digna de apreciar, y aún más de imaginar en su contexto anterior.

En el camino, tanto de ida como de vuelta, nos dedicamos a serpentear entre los distintos puestitos con árabes y beduinos que vendían baratijas (no tan baratijas) y antigüedades, y hasta nos dimos el lujo de divertirnos con algunas.

Comenzamos a bajar y a seguir caminando hacia el fondo del predio. Encontramos una escalera y comenzamos a subir. Uno no se da cuenta de la cantidad de tiempo y distancia que se camina en estos lugares. Por algo la entrada permite volver al día siguiente.

Llegamos a otro lugar que nos daba una vista aérea muy atractiva de los lugares que habíamos conocido en nuestra caminata anterior.

Volvimos a bajar y seguimos con nuestro recorrido en busca de una salida alternativa que indicaba el mapa. Seguir adelante era mejor que volver hacia atrás, ya que siempre ver cosas nuevas tiene un efecto que reduce la fatiga. Se notaba ya un aire de periferia en la conservación y el tamaño de las edificaciones en la piedra.

Siguiendo el mapa, nos internamos en un callejón que, supuestamente, llevaba hacia una salida alternativa. Los muros se alzaban a ambos lados y dejaban poco espacio para que nuestros hombros cansados pudieran estirarse. Si prestaron atención al adverbio “supuestamente”, se habrán dado cuenta de que el mapa nos engañó: tal vez no en dirección, pero sí en distancias y accesibilidad.

El camino alternativo no iba a aparecer este día. Hay que tener en cuenta que no sabíamos a qué lugar del pueblo nos iba a llevar ni las dificultades que podía haber más allá de la piedra que nos bloqueaba el paso. A todo esto había que sumarle el cansancio de casi 7 horas de caminata bajo el sol aunque recién era la 1 de la tarde.

Volvimos sobre nuestros pasos. Vimos los templos, las viviendas y el Tesoro una vez más. Un poco más de una hora de caminata después, ya estábamos afuera, con el estómago tan vacío como nuestras botellas de agua.

Paramos en un pequeño restaurante a unas dos cuadras de la entrada y comimos un poco de kebap al estilo jordano con mucha agua, para recargar nuestras reservas. Dato importante: con los árabes, siempre se discute el precio; y mientras mayor sea la cantidad de personas, el descuento puede ser mejor. El interés de los comerciantes es vender y solo eso.

Nos refugiamos en la frescura (relativa) de nuestro hostel y comenzamos a planificar nuestros siguientes pasos. Por supuesto, nos quedaban un par de días más en Jordania (un día en Petra y otro en el desierto de Wadi Rum); pero ya se asomaba en el horizonte una de las vedettes del viaje: Egipto.

En la próxima: escaleras, trepadas y vistas únicas en el segundo día de la mágica ciudad de Petra.

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Día 156 – Cruzando a Jordania 2

Tuvimos que madrugar un poco para poder desayunar e ir en busca del colectivo que salía a la mañana temprano para ir a Eilat, el punto más cercano a la frontera jordana. Llegamos casi a las 7, pero el colectivo que partía a esa hora ya estaba casi lleno y solo algunos de los chicos pudieron salir. Nos encontraríamos cuando llegáramos allá. Nosotros conseguimos pasaje para las 9:30, así que no nos quedó otra más que sentarnos a esperar.

Tirados, apoyados en las mochilas, en el medio del pasillo de la terminal de Jerusalén, aprovechamos para descansar un rato. Como era viernes, era notable la cantidad de chicos (porque eso eran, chicos) que volvían a sus casas para el Shabbat, con sus fusiles automáticos (descargados, fiú) y el uniforme del ejército, de la misma manera que en nuestro país pasa con los chicos que vuelven a las ciudades del interior cuando la universidad da un descanso. Tal vez sea una vista no tan extraña para alguien que haya vivido en la época de los militares o del servicio militar obligatorio, pero para alguien que nació en tiempos de paz, no hizo más que resaltar la atmósfera de paranoia del país. (Nota postnarrativa: a veces la paranoia está un tanto justificada, en Eilat, un par de semanas después que nos hubiéramos ido, hubo varios atentados contra los mismos colectivos que habíamos tomado nosotros).

Llegaron las 9:30 y, a pesar de casi perder a Juli en la terminal, cruzamos la puerta de la plataforma (uno no entra a la plataforma a esperar, sino que tiene que embarcar a través de una puerta, como sucede en los aeropuertos) y salimos.

Lo bueno de los colectivos israelíes es que tienen internet. Lo malo es que no se reclinan ni un poquito los asientos y tampoco hay demasiado espacio. Hicimos una parada en el desierto para ir al baño, y el calor hacía que quisiéramos que se terminara lo antes posible. Más de 40 grados y un sol que golpeaba como pocos antes. Cada vez íbamos acercándonos más al Ecuador.

Unas cuantas horas más y llegamos a Eilat y nos encontramos con los otros chicos. Fuimos a comprar algunas cosas para comer y esperamos el bus que nos llevaba hasta la frontera.

En la frontera, un par de controles del lado israelí y nos hicieron cruzar a pie por un paso por el que al costado se veían carteles de campos minados, restos de las guerras anteriores entre los dos países.

Del otro lado, nos procesaron los papeles a todos juntos y tuvimos que esperar un buen rato antes de poder pasar. Compramos unas aguas para pasar el calor de la siesta y preparamos la comida.

Cuando terminamos de comer, nos llaman de la oficina y nos devuelven los pasaportes. Estábamos de vuelta oficialmente en Jordania.

Tomamos un taxi, porque al parecer, dado que era viernes, no había colectivos del lado jordano y fuimos hasta Petra (oficialmente, Wadi Mousa, el valle de Moisés) tras discutir el precio de 50 JD por taxi (todo lo que teníamos en moneda local entre todos).

Llegamos y, como es acostumbrado, nos pidió propina, cosa que ya les habíamos aclarado que no iba a haber. Igual se ofuscó el chofer, pero ya estábamos en nuestro destino y poco nos importaba.

Negociamos precios con el dueño del hostel y nos fuimos a comprar algo para cenar.

Un rato después y nos fuimos a descansar. A la mañana siguiente íbamos a tener mucho por recorrer.

En la próxima, los tesoros de Petra

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Día 155 – Pastores de Belén

Nos levantamos todos para desayunar no muy tarde para poder ir a Belén.

Una de esas cosas raras e increíbles de esta zona es que si bien hay una división y una disputa fronteriza, que hace que Jerusalén esté de un lado (autoridad israelí) y Belén del otro (autoridad palestina), a pesar de estar a menos de 40 Km. de distancia, es que haya colectivos de línea que van de un lado a otro de la frontera. Si mal no recuerdo, fue el 21 el que nos tomamos para llegar hasta allá.

Un rato de viaje más tarde, y llegamos de una vez a la famosa ciudad. El colectivo nos dejó en una gran avenida, no muy lejos del centro, aunque tampoco demasiado cerca. Caminamos unas cuantas cuadras por calles que se iban reduciendo y peatonalizando (sí, en estos lugares, la peatonalización es más un proceso gradual que una cuestión legal), y llegamos a una gran plaza donde una vez más se veía la multiplicidad religiosa de la región. A un lado, la Iglesia de la Natividad y al otro una mezquita. Por las dudas, la oficina de información turística estaba al medio, junto con un par de locales comerciales.

Es notable la diferencia de precios que hay entre Jerusalén y Belén, a pesar de la corta distancia. El shekel vale mucho más del lado palestino. Muestra un poco quién lleva la batuta en las relaciones entre los dos pueblos.

Volviendo a la historia, entramos algunos de nosotros a la información turística y otros a los negocios de souvenirs. En la oficina de información, la atención fue muy buena y hasta nos pidieron que nos juntáramos todos para sacarnos una foto que fue a parar a la página de Facebook de la entidad. ¿Quién diría, los Aveitenses, visitantes ilustres en el otro lado del mundo?

Nos cruzamos a la Iglesia de la Natividad. Como en el caso de la Iglesia del Santo Sepulcro, también hay un cuidado compartido, pero es mucho más notable en este caso la influencia de los ortodoxos en el decorado. El espacio es muy amplio y se destacan las lamparitas que cuelgan sobre las cabezas de los turistas.

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Llegamos junto al altar para apreciar un poco más de las decoraciones, y vimos una puerta que se dirigía a un piso inferior donde la gente se agolpaba para entrar. Escuchamos a un guía explicar que era el lugar donde se habría encontrado el pesebre donde nació Jesús. Mientras estábamos parados vimos la curiosidad de una vela muy larga que sufrió el embate del calor de sus compañeras más bajas y que en vez de partirse tomó una forma que la llevó a un equilibrio bastante extraño.

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Bajamos tras/junto con la multitud hacia la cripta que marca el lugar donde habría estado el pesebre donde nació Jesucristo. Nos acercamos con respeto hacia el lugar marcado con una estrella de plata. También se nos muestra el lugar donde estuvo la cuna del niño. Para los cristianos es un lugar donde se siente el peso de la historia y de las creencias de cada uno.

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El recorrido nos llevaba de vuelta hacia el lugar por donde entramos a través de algunos altares y escaleras. Una vez afuera, nos picaba el bichito del hambre. Terminamos yendo a un restaurant donde nos hicieron promoción por la cantidad que éramos. Un par de falafel más tarde y seguiríamos en camino.

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Salimos a la plaza y empezamos a caminar por una de las calles para llegar a otra iglesia que teníamos en el mapa. En el camino encontramos uno de los talleres de carpintería en donde se producían a mano los souvenires que poblaban los negocios del lugar. Pudimos ver algunos de los procesos de producción y al salir algunas de las obras de arte que hacían los artesanos del taller.

Nos quedamos un rato y seguimos hacia nuestro destino original. Llegamos a la iglesia que se ubica en el lugar donde se dice que María y José se habrían detenido en su huida al desierto para que María amamantara al niño Jesús. Es una de las pocas iglesias en el mundo en la que hay imágenes de la Virgen y el niño en esta situación.

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Como ya habíamos visto los lugares principales de la ciudad palestina, empezamos a pegar la vuelta. Tratamos de buscar un camino alternativo y giramos en una esquina para ir, en teoría, por una calle paralela.

Resulta que esta paralela, si bien mantenía el mismo sentido, lo hacía descendiendo de forma tal que no se podía regresar al camino original, que trepaba una colina a medida que nosotros descendíamos. Perdidos como estábamos, no podíamos dejar de darnos cuenta que la globalización llega a todos lados, por más que uno se encuentre en el lugar más recóndito.

Terminamos en la parte baja de la pequeña sierra, y con un poco de inglés y un poco de lenguaje de señas (y un mapa, porque no sabíamos el nombre de la calle) nos explicaron que teníamos que volver por donde habíamos venido, un par de kilómetros en subida.

Recuperamos el camino y finalmente pudimos volver a la parada del 21 para volver a Jerusalén. Nos despedíamos de esta tierra, tan cerca de su vecina con la que tienen tantos problemas y diferencias irreparables que sabotean la paz en la zona. Del otro lado recibíamos el saludo de un estandarte izado al viento, tal vez con orgullo, tal vez desafiante.

Entramos de nuevo a Israel, y en el hostel nos encontramos con una sorpresa anunciada. Guille y Alexis nos esperaban, recién llegados de sus aventuras por Egipto. La noche anterior nos habían dicho que llegaban para hacer su última parada antes de llegar a Tel Aviv y de ahí de vuelta a Argentina. El resto de la noche transcurrió con narguiles, historias, referencias y conexiones con nuestros respectivos hogares.

En la próxima, el regreso a Jordania.

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Día 154 – Santos lugares

Antes de empezar: Una aclaración, estoy un poco demorado con las entradas nuevas del blog, pero se vienen muchas más con cosas nuevas, esperadas e inesperadas. Les recomiendo que se den una vuelta de vez en cuando porque voy a tratar de subir historias nuevas lo más seguido posible. ¡Gracias por la paciencia!

Volviendo a la historia…

Con Agu y Jony habíamos acordado levantarnos temprano para poder hacer el recorrido de la Vía Dolorosa con tiempo antes de ir a hacer el free tour que empezaba a las 11. Eran apenas las 8 de la mañana cuando ya estábamos tras los muros de la ciudad vieja.

Entendí por qué no había podido encontrar la primera estación del vía crucis el día anterior. La primera estación está dentro de una escuela donde se cree que habría estado el palacio de los Sumos Sacerdotes de Jerusalén. Recién en la segunda estación se podía ver algo.

En la segunda estación se encontraban dos capillas. Una, la de la flagelación tiene como característica el vitral que muestra a Jesús en el momento en el que los romanos lo torturan.

Desde ahí continuamos al convento del “Ecce Homo”. “Ecce Homo”, que quiere decir en latín algo así como “He aquí el hombre”, evoca el momento en el que Poncio Pilatos entrega a Jesús a los judíos y se crea el sentido figurado de la frase “lavarse las manos”. El convento está sobre una sección de un antiguo empedrado romano (“litostratos”: piso de piedra, literalmente) que habría pertenecido a la plaza en donde se cree que se dieron estos hechos. Se pueden visitar las catacumbas, pero desafortunadamente la capilla solamente se puede ver a través de un vidrio.

Seguimos un par más de estaciones, las caídas de Jesús con la cruz, la intervención de Simón de Cirene y varias otras más. Algunas estaban más memorablemente marcadas que otras.

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El recorrido finalmente llevaba a la Iglesia del Santo Sepulcro. En verdad la idea de volver a entrar a la iglesia no me generó el menor problema. Una iglesia con semejante tamaño y tal cantidad de recovecos iba a ir revelando cosas distintas en cada visita. Esta vez nos dimos el tiempo para poder acercarnos al altar bajo el que está la piedra donde se asentó la cruz de Cristo.

Al salir de la iglesia empezamos a buscar el camino hacia el Domo de la Roca, más que nada porque tiene horarios muy acotados de visita que se extienden solamente hasta las 11 de la mañana. El Domo está en una colina que es sagrada tanto para judíos como para musulmanes dado que para los primeros es el lugar donde estaba construido el templo de Jerusalén y para los otros es el lugar desde donde Dios empezó a crear la tierra. Hoy en día, el Domo es una gran mezquita y uno de los lugares más fotografiados del mundo.

La seguridad para ingresar era bastante intensa, ya que tanto musulmanes como judíos ingresaban al lugar. El ingreso hacia la mezquita contenía un cartel de advertencia de un importante rabino que prohibía el acceso a todos los judíos a la zona del Domo, a la que se accedía a través de un puente de madera estrictamente vigilado.

Después de mirar un poco arriba, vimos la hora y ya estábamos como para ir pegando la vuelta hacia la puerta de Jaffa, donde empezaba el “free” tour de la ciudad.

Llegamos en el momento en el que estaban terminando de armar los grupos y nos acoplamos a uno para no darles tiempo de que se dieran cuenta de que éramos un grupo. El resto ya estaba ahí.

Nuestro guía, un estadounidense que vivía en Tel Aviv, nos empezó a llevar a los lugares más importantes de la ciudad y a explicarnos sobre sus historias y costumbres. Pasamos nuevamente por los mercados, la iglesia del Sepulcro, también vimos un par de mezquitas y antiguas escuelas coránicas. Finalmente empezamos a trepar por el costado de la iglesia (una parte controlada por la iglesia Copta de Etiopía) y llegamos a una parte más alta de la ciudad.

Un rato más de caminata y tuvimos una mejor vista del Domo y el Muro Occidental. El Muro Occidental es más conocido con el título de Muro de los Lamentos fuera de la comunidad judía. Sin embargo, además de las lamentaciones por la destrucción del templo, los judíos israelíes celebran absolutamente todo en este “transitorio” (según su creencia, el lugar es santo hasta que se reconstruya el templo) lugar de adoración.

Continuamos el paseo, viendo las antiguas calles por debajo de las modernas y aprendiendo sobre la falla que formó el Mar de Galilea y el Mar Muerto junto con varios cordones montañosos y que hace de Israel una zona de mucha actividad sísmica.

Sin darnos cuenta llegamos al barrio judío. Un lugar que había sido devastado una y otra vez por las guerras y reconstruido otra vez. Una gran sinagoga dominaba la plaza por donde muchos judíos de barba, bucles y sombreros pasaban para uno y otro lado.

Terminamos de cerrar el círculo y nos reencontramos en el infotourist con varios de los que habíamos perdido en el camino (el tour era en inglés).

Decidimos estirar el recorrido para poder ir a varios puntos bastante célebres, bíblicamente hablando, de la ciudad. La mayoría prefirió ir a descansar un rato, así que quedamos Jony, Agu y yo.

En nuestro camino hacia el exterior de la ciudad vieja encontramos la Iglesia de la Dormición, ubicada en el lugar donde se cree que la virgen María habría pasado sus últimos años. En una cripta se halla un altar dedicado a ella y sobre la cripta se alza una gran iglesia.

Al salir de ahí seguimos nuestro camino que nos iba a llevar fuera de los muros hacia el cenáculo, el lugar donde se cree que tuvo lugar la última cena. No hay mucho para ver adentro, pero el significado del lugar es suficiente atractivo. Ahí cerca también está la tumba del rey David y otra iglesia del tiempo de los cruzados.

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Tras trepar un poco la montaña llegamos a la iglesia de Gallicantu. El nombre se debe a que este sería el lugar donde Pedro niega a Jesús tres veces antes que cante el gallo. La iglesia es bastante bonita y está construida sobre una cripta hecha en un lugar que se cree que era un calabozo en tiempos cristianos. Afuera, una escultura representa el momento de la negación.

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Iba a continuar todavía más nuestro día porque todavía nos faltaba cruzar toda la ciudad vieja para llegar al monte de los olivos. Sabíamos que no íbamos a tener demasiado tiempo en la ciudad, así que teníamos que conocer lo más que pudiéramos.

Comenzamos a escalar. Pasamos en primer lugar por el lugar donde habría estado la tumba de María, desde donde, según los ortodoxos, habría sido llevada a los cielos. Está adornada muy a la usanza ortodoxa, con cuadros brillantes y candelabros metálicos con velas. Yuxtapuesta se encuentra una cripta que marca el lugar donde permanecieron los apóstoles mientras Jesús iba al huerto a rezar.

Seguimos subiendo el monte hasta llegar a Getsemaní, el huerto. En este lugar se pueden encontrar olivos que según dicen tienen 2000 años o son descendientes directos de los que se encontraban en la época de Jesús. Los troncos huecos y retorcidos delatan la antigüedad de los árboles. La Iglesia de Todas las Naciones (también conocida como la Basílica de la Agonía) los acompaña justo al lado. Hay secciones de varios países e incluso una cúpula aportada por la República Argentina.

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El ascenso continuaba por este monte con tanta historia. A nuestra izquierda estaba la iglesia de María Magdalena, de los Ortodoxos Rusos (cerrada ya a esa hora). A la derecha, el gran cementerio judío, que cubre toda la ladera de la montaña y que enfrenta al lugar desde donde llegaría el Mesías en el fin del mundo.

La subida era bastante larga, y teníamos otra parada por delante antes de llegar a la cima. Dominus Flevit, el Dios que llora. La capilla que se ubica donde Jesús se habría detenido a llorar por el destino de la ciudad. No sé si habrá visto el presente del lugar, pero hoy, dividida por la guerra, Jerusalem (y gran parte de Israel) no parece el mejor lugar donde vivir. De todos modos, la iglesia domina todo el paisaje desde arriba y un ventanal detrás del altar apunta directamente al atardecer sobre la ciudad.

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La tarde se nos iba agotando y ya estábamos comprimiendo una subida a la que se le podía dedicar un día completo, en un par de horas. Llegamos arriba a la iglesia de Pater Noster y vimos que ya estaba cerrada, al igual que la Capilla de la Ascensión, propiedad de la religión islámica.

Habíamos llegado finalmente a la cima, pero aún había más por ver. Nuestro mapa nos marcaba la iglesia de Bethphage algunas cuadras más allá. Según cuenta la historia, este sería el lugar desde donde Jesús habría entrado en burro a la ciudad de Jerusalén para lo que hoy se celebra como Domingo de Ramos.

Mientras nos sacábamos fotos fuimos muy obvios en nuestra calidad de extranjeros para unos chicos locales que andaban por ahí. Igual, no andábamos muy conversadores ni ellos demasiado amistosos como para trabar mucha relación.

Empezamos a pegar la vuelta previa compra de un agua mineral, cosa que el calor terminó logrando y que antes mi insistencia no, para poder emprender el descenso. Mientras bajábamos venía cayendo el sol en frente nuestro y veíamos cómo cambiaban las luces sobre todas las cosas que habíamos visto en el monte. Recomiendo esta bajada para realizarla con gente de distintas creencias porque garantiza un interesante debate sobre la religión. A mi entender, eso es inevitable en un lugar como Jerusalén.

Al llegar a la base, nos encontramos con otro grupo de los nuestros, los que se habían ido a descansar después del free tour (parece que hiciera una eternidad, pero en realidad habían pasado apenas 4 o 5 horas). Les indicamos los lugares más importantes y los dejamos ir porque tampoco les quedaba demasiada luz.

A pesar del cansancio, decidimos tomar un camino ligeramente más largo, pero mucho más interesante, a través de la Ciudad Vieja para llegar al hostel. Sin quererlo, nos tropezamos con los estanques de Bethesda, donde se dice que habría nacido la Virgen María. El lugar estaba cerrado, por la hora, pero aunque sea pudimos ver la entrada.

Cruzamos las calles ornamentadas y finalmente llegamos al hostel. Había sido un día largo y lo único que esperábamos era un descanso de tanto traqueteo. Conexiones de rigor y una comida más tarde y ya estábamos buscando el descanso, porque al otro día había más para ver.

Casi me olvido de mencionar que en el hostel había otro argentino. Un exiliado de tiempos de la dictadura, que con otros vivía en un pueblo de Francia. Ideologías aparte, siempre es interesante escuchar las historias de la gente y aún más cuando hablan en tu idioma y nadie más a tu alrededor lo hace…

En la próxima, la ciudad del nacimiento

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Día 153 – Solo en la ciudad santa

La dinámica de grupo no siempre es fácil. En especial cuando se trata de tanta gente como nosotros. Cuando cuento esto, se imaginarán que viene alguna cosa rara.

En fin, aprovechando una espera a algunos compañeros, me escabullí hacia el baño, avisándole a todos o a nadie en particular. Al salir, me di cuenta que los demás ya no estaban. Me fijé en las habitaciones y en la puerta y tampoco estaban.

Como no me iba a quedar de brazos cruzados, decidí salir a recorrer (aunque si lo hubiera hecho, me hubiera reencontrado con los otros, porque Jony había vuelto a buscarme y yo ya me había ido).

Con un mapa en la mano, cualquier ciudad es simple. Teniendo esto en cuenta, me fui bordeando la muralla de la ciudad vieja hasta la Puerta de Jaffa (nosotros estábamos a dos puertas de distancia, en la Puerta de Damasco) hacia el infotourist, que era donde creí que iban a ir los chicos. Como no estaban, agarré un mapa, cambié plata y seguí.

Crucé el mercado al que ya me había adentrado el día anterior. Es siempre interesante meterse en estos lugares, aún más en Israel, porque muestra la doble personalidad de esta sociedad: por un lado, europea, moderna y occidental, por el otro, árabe y tradicionalista. Los vendedores de los mercados tenían todos alguna palabra para tirar en inglés y castellano para tratar de venderme algo. Ya estaba entrenado para seguir adelante diciéndoles que no, gracias.

Finalmente llegué a la Iglesia del Santo Sepulcro, en medio del barrio cristiano. Me olvidé de decir que la ciudad vieja está dividida en cuatro barrios, el musulmán, el judío, el armenio y el cristiano, de los cuales el más grande es el musulmán.

Volviendo a la iglesia, porque me fui de tema, en este lugar se cree que fue el lugar donde fue sepultado Cristo después de la crucifixión. La iglesia está dividida en varias partes que controlan y cuidan cada una de las distintas iglesias cristianas del mundo. Lo curioso es que desde la victoria de Saladino sobre los cruzados, es una familia musulmana la que posee las llaves de la iglesia.

Por dentro, las decoraciones del templo son impresionantes. Oro por todos lados, lámparas colgantes e imágenes en mosaico son parte del panorama.

Adentrándome un poco más llego a la zona del sepulcro. La masa peregrina se mueve a mi alrededor. Sin embargo, la alta cúpula central da una sensación de espacio. En el centro se halla un templo ubicado en lo que sería la tumba de Jesús. Me detengo un rato a observar.

Después de mirar las varias reliquias almacenadas en este lugar sagrado, salí de vuelta al exterior para seguir conociendo.

Caminé un rato más por los souqs y encontré otra iglesia, mucho más pequeña, por supuesto y entré a verla. La sencillez de ésta contrastaba intensamente con la anterior, si bien estaban a menos de 200 metros de distancia entre sí. Adentro no había nadie, y el silencio era un buen alivio del bullicio de afuera.

Después de caminar un rato más por el souq, la insistencia de los vendedores ya me estaba produciendo un cierto desgaste. Tanta oferta de productos no es buena para mi ermitaño interior, o al menos no tanta seguida. Salí de las murallas y me puse a rodearlas.

Lleué de nuevo a la puerta Yaffa. De ahí salía una calle del mismo nombre donde había un cartel marcado “Centre”. Ya que estaba, lo seguí.

Me encontré con una ciudad totalmente distinta a lo que había visto. La dualidad de la que había hablado antes en su máxima potencia.

Como seguía con necesidad de una dosis fuerte de occidentalidad, no tardé mucho en encontrar un McDonald’s para comer. Sí, ya sé. Pierde el chiste estar en un lugar así y comer eso, pero en ese momento me hacía falta.

Con las pilas recargadas volví a la ciudad vieja con la idea de hacer el Vía Crucis por la Vía Dolorosa. Alcancé a encontrar algunas estaciones, pero se complica hacer esas cosas de atrás para adelante. Como no pude encontrar la primera, como para empezar como se debe, y viendo ya que eran como las 6 de la tarde, me volví al hotel.

Alcancé a dejar la computadora cargándose y a meterme al baño que escuché un par de voces conocidas. Eran los chicos que estaban en Tel Aviv que acababan de llegar al hotel. Les dieron un par de habitaciones y nos fuimos a intercambiar anécdotas con los tés gratis del hostel.

Un rato más tarde llegaron los demás y seguimos con el reencuentro durante la cena.

En la próxima, recorrida intensa de Jerusalén

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Día 152 – Llegada a Israel

El sol nos volvió a despertar. Es el problema de dormir sin cortinas. Igual habíamos descansado bastante bien. Desayunamos con unos budines/arrollados que habíamos comprado y nos fuimos a averiguar cómo llegar a Tel Aviv.

Conseguimos un bus que nos llevaba a la frontera por 3 JD. Al llegar llenamos un par de formularios y pasamos.

Tuvimos que pagar un pasaje obligado al otro puesto fronterizo porque sólo se podía ir en bus. No había otra, la zona neutral era bastante larga.

Al llegar al lado israelí, el panorama fue completamente diferente. Un caos de gente, amontonada por culpa del bus, empujando y colándose (en Medio Oriente, poca gente entiende el concepto de cola) en un lugar donde había que dejar el equipaje para poder pasar. Terminamos entrando después de pelearnos con algunos.

Adentro, en la terminal, nos escaneaban los equipajes de mano y a algunos desafortunados (por portación de pasaportes raros o por portación de cara o de apellido) los llevaban a hacerles una revisación completa.

Una mujer que trabajaba en el puesto fronterizo nos indicó para pasar (como éramos un grupo) por la sección de ciudadanos israelíes para agilizar el trámite. Sin embargo, se acabó la simpatía cuando les pedimos que no nos sellaran la entrada en el pasaporte sino en una hoja aparte. Costó un buen rato convencerlos.

Buscamos las valijas (no es recomendable pasar por acá con cosas frágiles porque las revolean de lo lindo y ni siquiera tienen la decencia de esconderlo) y empezamos a buscar la salida. Nos peleamos con el del cambio porque nos cambió la tasa las 3 veces que le fuimos a preguntar (preguntamos por el euro, pero 2 veces nos dijo la tasa de la libra esterlina) y nos trató como ladrones cuando él se equivocó en la tasa en la que les cambió a dos de los chicos. También nos peleamos con el de los taxis porque cobraba por equipaje (mochila chica también) y no quería creerle a los que habían conseguido poner la mochila chica dentro de la grande (buena avivada) que tenían un solo bulto. Para colmo solamente nos llevaba el transporte hasta Jerusalén. Una entrada bastante accidentada.

Una vez en Jerusalén empezamos a ver cuál sería la terminal desde donde saldría el bus. Bastante menos gente de la que esperábamos hablaba inglés, así que terminamos en una terminal de minibuses palestinos. Sacando cálculos, nos dimos cuenta que prácticamente íbamos a llegar a Tel Aviv e íbamos a tener que salir de vuelta hacia Jerusalén(en realidad un día para conocer Tel Aviv), donde ya estábamos, así que algunos decidimos directamente quedarnos ahí.

La odisea entonces fue salir a buscar un hostel. En dos tandas nos separamos para ir (antes y después del almuerzo), y terminamos yendo a uno que vimos de entrada, más que nada por el precio y la ubicación, muy cerca de la ciudad vieja.

El hostel estaba bien para lo que pagábamos (Jerusalén es caro) y si bien teníamos que compartir el lugar y no había aire acondicionado en la habitación, la sala de estar era muy cómoda y tenía aire, así que ahí fuimos a disfrutar de la mejor temperatura y de los té gratis que nos podíamos preparar en el comedor.

Ya estábamos instalados. Si habíamos sobrevivido este día, íbamos a poder sobrevivir el resto de la estadía.

En la próxima, alguito de Jerusalén.

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Día 151 – Cruzando a Jordania

Nos despertaron los primeros rayos de sol. Para ser que dormíamos en el piso, habíamos descansado bastante bien. Una vez que nos habíamos terminado de despabiliar, apareció una de las beduinas (una señora grande, que era quien nos había recibido) con unos tés y unos grisines.

Después de desayunar, esperamos un rato que llegara la combi que nos iba a llevar a Damasco. Un par de horas después estábamos en la terminal.

La ruta a Damasco estaba bastante más controlada que las anteriores y al llegar a la ciudad se veía la fuerte presencia militar en las calles. Sin embargo, nos pidieron el pasaporte solamente una vez más.

Llegamos a la terminal y (después de pelearnos con el chofer porque nos quería cobrar por el equipaje) nos enteramos que el colectivo salía a eso de las 3 de la tarde así que no íbamos a poder conocer la ciudad. Nos quedamos a esperar en la terminal hasta que salió el bus.

La frontera con Jordania está bastante cerca. Ahí nos peleamos con la gente de migraciones porque nos cobraban un impuesto de salida de 500 libras sirias (10 USD) que no estaba especificado ni en la entrada ni en ningún cartel. Terminamos pagando el precio correspondiente después de que nos quisieran cobrar 12 dólares cuando vieron que no teníamos más libras.

Del lado jordano, a todo esto, tuvimos que esperar un buen rato más, ya que para el momento que llegamos, la gente de visas se había ido a “desayunar”. Una hora más tarde volvieron y se dignaron a cobrarnos los 20 euros de la visa.

Finalmente estábamos en camino.

Al llegar a Amman nos bajamos del bus y arreglamos por 10 dinares jordanos (10 EUR) el transporte para todos hasta la terminal del bus que iba hasta la frontera israelí. Al llegar nos quisieron cobrar 20 (porque dijeron que eran 2 autos), pero les dimos 10 y que se las arreglaran. Ya veníamos preparados para este tipo de gente.

Nos acomodamos y compramos unas papas para cenar. Como nos cerraron la sala de estar de la mini-terminal, terminamos estirando las bolsas de dormir en la puerta. Una noche más en el suelo no iba a ser para tanto.

En la próxima, la llegada a Jerusalén

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Día 150 – Tadmir

Tadmir, Palmira, es una antigua ciudad que cambió de nombre tras la conquista romana. Los romanos la llamaron Palmira, por las palmeras que había en el lugar. Este lugar se usó como parte de la ruta de la seda y gracias a eso aún se conservan varias ruinas de la época.

Esas ruinas eran las que íbamos a visitar.

En el sitio, cuya característica más dominante era la aridez, las columnas se alzaban por todos lados. También se veían restos de pórticos y arcos, y se podía caminar cerca de todas las cosas.

Llegamos más tarde al templo de Ba’al (o Bel, o Baal), una antigua deidad pagana que era adorada en la zona. Del templo queda bastante poco más que la muralla y la parte central, pero es suficiente para maravillarse cómo hubiera sido.

En la entrada encontramos a un insistente vendedor ambulante al que le terminamos comprando un par de cofias, como premio por ser el único que se enteró de la presencia de los escasos turistas.

Después visitamos el anfiteatro, un clásico de las ciudades romanas. Por supuesto, mucho más chico que el anfiteatro Flavio, pero igual es digno de verse.

A la salida del anfiteatro pensamos en buscar agua, pero el pueblo estaba bastante lejos. Tuvimos la suerte de que el vendedor había seguido hacia donde estábamos nosotros y se ofreció a llevarnos hasta el pueblo en moto. Un rato más tarde, Jony estaba de vuelta con las aguas.

Empezamos a subir hacia el castillo. La subida se hacía complicada por culpa de las piedras sueltas y de la arenisca que se desprendía por el sendero de a ratos marcado. Finalmente, al llegar, estaba cerrado. Raro, porque el horario decía lo contrario. Al ratito apareció una moto con dos personas. Se bajaron y abrieron las puertas. Como nosotros éramos los únicos turistas, se ve que no iba nadie a abrir hasta que fuera necesario.

Recorrimos el castillo con todos sus recovecos. En algunos lugares se veía la roca tallada con más precisión y en otros tomaba más una apariencia cavernaria. Calculo que la diferencia se debería a los distintos tiempos en los que se lo usó.

Desde arriba, la vista era impresionante. Se veía toda la antigua ciudad y buena parte de la nueva.

Bajamos y para completar el día nos fuimos al museo. No se podía sacar fotos, así que mucho para mostrar en cuanto a imágenes, no tengo. De todos modos, un par de esculturas encontradas en el sitio arqueológico formaban parte de la colección. Otro punto importante eran las reconstrucciones del templo de Baal, que permitían ver la grandeza del lugar en otros tiempos.

Finalmente nos volvimos al hostel después de un largo día. Sin embargo, no iba a terminar ahí, sino que después de armar los bolsos, los bajamos y nos subimos a una camioneta.

El destino: el desierto. A pasar una noche con los beduinos.

Pasamos primero por un pequeño campamento, un tanto pobre, donde vivía una familia. No pudimos hablar mucho porque ellos no entendían ni inglés ni español, ni nosotros árabe. Igual, nos “enseñaron” (la única que seguía un patrón cuando bailaba era una de las nenas) una danza beduina, que no requería demasiada elaboración, pero era demasiado para lo poco que nos entendíamos.

Al rato, después de despedirnos, volvimos a salir a la “ruta”. El sol ya empezaba a caer.

Terminamos llegando a una serie de carpas, un tanto más armadas que las anteriores (la que habíamos visitado y las que encontramos en el camino). Nos bajamos, acomodamos los bolsos y nos sentamos en almohadones dispuestos en los costados.

Al rato, vino una de las mujeres e invitó a las chicas del grupo a otra carpa (todo esto en señas, porque no entendíamos nada del idioma del otro). De a poco empezaron a llegar más de los beduinos, pero solo hombres. Aparentemente, la tradición dictaba esta estancia separada.

Al rato volvió Pao y nos contó que estaban intercambiando cremas y regalos y que ya habían empezado a comunicarse usando unas frases que tenían en la computadora. Ya conocían media vida de las otras. (La capacidad femenina de hacer ese tipo de cosas me sorprende incesantemente). Para no ser menos, agarramos la guía de Lonely Planet y empezamos a hacer algo parecido.

Conseguimos preguntarles los nombres y si eran de Palmira, y al rato, de alguna forma terminaron trayendo un instrumento musical semejante a un violín, pero de una cuerda y fabricado a base de una lata de aceite. Sorprendentemente, sonó muy bien hasta que se cortó la cuerda y no tuvieron con qué reemplazarla. Igual, tratamos de seguir con la conversa.

No mucho después, volvieron las chicas y nos avisaron que venía la comida. Comimos todos juntos, salvo los beduinos, que aparentemente habían roto el ayuno antes.

Después de la comida nos esperaba una sorpresa. Llegó un beduino con una pava con agua caliente, azúcar y una taza llena de yerba. Sí, los beduinos (y buena parte de Siria) toman mate. Nos dijeron que la yerba era importada de Argentina porque era de mejor calidad que la siria. Ellos lo toman un tanto lavado, con el agua hirviendo y bastante dulce. Estuvo bueno probar un mate que no fuera de los nuestros.

A estas alturas, estábamos ya bastante cansados. Más valía descansar porque temprano nos iban a pasar a buscar.

En la próxima, Damasco y el cruce a Jordania.

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Día 149 – Cruzando el desierto

Cuando habíamos hablado con el hombre del primer hotel, no nos había pintado un panorama muy amigable. “Damascus, broblem. Hama broblem. Homs broblem. Deir-ez-Zour, broblem”. Si bien ya sabíamos bastante respecto de los “broblems” que podíamos llegar a encontrar, pensábamos que el camino por Deir-ez-Zour nos iba a ahorrar varios de ellos.

Hablando con la gente del nuevo hostel nos enteramos de una nueva ruta por donde nos podía llevar un conocido de ellos. La ruta no figuraba en Google Maps.

Salimos bien temprano para esquivar el tránsito. 6 de la mañana nos despedimos de Aleppo.

Un par de controles (en uno solo nos pidieron pasaporte, en los otros nos dejaban pasar cuando el “fercho” decía que éramos argentinos) antes de llegar a un pueblo donde compramos algo para desayunar y seguimos viaje.

Un rato (y otros controles) más tarde y estábamos en el que creíamos que iba a ser el destino final del día, el lago Al-Assad (sí, se llama igual que el presidente (imaginen lago Cristina), pero en realidad es por el padre, ex-presidente (imaginen lago Néstor)(scary)).

El camping con el que habían hablado estaba bastante feo, así que le dijimos al chofer que íbamos a pasar directo hasta Palmira, pero que si quería descansar, nosotros podíamos ir a a un castillo que estaba ahí cerca, Qal’lat Ja’bar.

Esta fortaleza estaba en la cima de un cerro, pero con la creación del lago (es artificial), quedó como una isla.

Llegamos hasta la puerta nomás, porque estaba cerrado, pero nos alcanzó como para estirar las piernas un rato y sacar algunas fotos.

Almorzamos en el camping, despertamos a nuestro chofer y salimos. En el camino pasamos por las ruinas de Al-Rasafa. Al-Rasafa era un antiguo pueblo de paso en una de las rutas del comercio de la seda, al igual que Palmira. Hoy en día lo único que permanece en pie son las murallas y el templo en el centro de todo.

Ahí de verdad nos dimos cuenta de la desolación de una Siria en problemas, sin turismo que se moviera en estos lugares. Estábamos completamente solos.

Después de un rato, seguimos cruzando el desierto por estos caminos solitarios, que, extrañamente, estaban asfaltados y en muy buenas condiciones. Al rato nos despertamos con la voz del conductor que nos dijo en inglés: “Chicos, parece que están con suerte”. Adelante apareció una manada de camellos arriada por un par de sirios en moto. En realidad, supongo, eran dromedarios, pero como no hemos visto un camello propiamente dicho (dos jorobas), los vamos a seguir llamando así.

Dejamos que pasaran los (más de 100) camellos y continuamos viaje.

Ya eran como las 5 de la tarde cuando llegamos finalmente a Palmira.

Dejamos los bolsos en la pieza del hotel y salimos de vuelta a caminar, porque nos habían recomendado el atardecer en el castillo que está en la cima de una montaña.

La distancia era bastante y en subida el camino, así que no pudimos llegar hasta arriba, pero sí a un monte cercano desde donde pudimos sacarle un par de fotos tanto al castillo como al sitio arqueológico de Palmira.

Un rato más tarde emprendíamos el regreso al hotel. Al día siguiente íbamos a tener tiempo para recorrer todo.

En la próxima, la ciudad romana de Palmira

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Día 148 – Recorriendo Aleppo

Como habíamos acordado la noche anterior, temprano armamos los bolsos y nos fuimos para el otro hostel. Eran dos lugares muy parecidos, la única gran diferencia entre ambos era que el nuevo tenía internet.

Después que dejamos las cosas, Nicole nos estaba esperando para ir a dar una vuelta por la ciudad. Otra vez me tuve que poner el traje de intérprete para que pudieran entender todos.

Largamos yendo a la ciudad vieja. Al primer lugar que fuimos fue a los souqs. Los souqs son los típicos mercados árabes donde hay negocios que venden de todo. En la calle principal se encuentran negocios de todo tipo, pero las calles laterales tienden a tomar una especie de especialidad en la que trabajan todos los negocios. Acá había bastante gente, porque era el souq donde compraba la gente local.

Escapamos del mercado por una calle lateral y nos fuimos por encima de las murallas hacia la Bab Antakyeh, la puerta de Antakya. El diseño de las puertas de las murallas es bastante curioso, debido a que hacen una especie de zigzag, pensado especialmente para que no pudieran usar arietes ni armas de asedio contra las puertas del interior.

Seguimos caminando hacia un souq un poco más turístico. Ya por todos lados se empezaba a notar que éramos los únicos turistas de la ciudad, y las estrellas del mercado. Por todos lados se escuchaba a gente saludar con un “¡Argentina! ¡Maradona! ¡Messi!” aunque no faltaba el ocasional “¡Menem!”, que calmaban ante nuestras amenazas de mandárselo de vuelta. También se veía la predisposición de la gente para atendernos, desde los niños, que querían sacarse fotos con nosotros, hasta los más grandes, que se desvivían por vender hasta el momento en el que les decíamos que no íbamos a comprar nada.

 

A la salida nos fuimos a una fábrica de jabón de Aleppo, bastante reconocido en Europa. El jabón, hecho a base de hierbas, es fabricado en grandes toneles y puesto a secar en una bodega donde también se lo añeja durante 3 años para que obtenga su mejor calidad. También venden de 1 y 2 años de antigüedad, pero la diferencia se nota. Los hay además de 5 años, pero esos van directamente a venderse a Francia (no sé para qué, si los usan bastante poco…).

De ahí volvimos a cruzar el souq para ir a la Ciudadela. Antes hicimos una parada para comer en un restaurante donde pedimos un variadito de comida típica siria, acompañada por unos ricos jugos de fruta (menta-lima es el más tradicional).

Después de comer nos adentramos en la ciudadela. Tuvimos que sobornar al guardia para que nos dejara entrar a último momento y, al igual que en el resto de la ciudad, éramos los únicos turistas. La construcción era impactante, y se veía la influencia de todos los pueblos que la habían dominado. Eso sí, la fortaleza jamás había sido tomada por la fuerza. Estaba tan bien construida que los invasores nunca pudieron entrar, pero vencieron a los habitantes debido a los bloqueos que evitaban la entrada de víveres a la ciudad.

Una gran bandera siria envolvía el perímetro, el remanente de una protesta a favor del gobierno de Bashar Al-Assad. Según dicen, en Aleppo no se dan en tanta medida los factores que llevaron a las protestas que piden la renuncia del presidente en todo el resto del país, pero también, según nos enteramos, dicen que es conveniente tener la foto o demostrar de alguna manera el apoyo al régimen para que las leyes se les apliquen de forma más laxa.

Entramos a la ciudadela. Por dentro se veían los restos de cada civilización que la había tenido en su custodia. Aún hay varias partes que se siguen excavando para llegar a tener más información sobre la historia de esta construcción.

Recorrimos todo el interior, que contenía hasta una pequeña mezquita para los gobernantes de la ciudad, y salimos de vuelta al exterior. Ahí nos separamos de Nicole y Ahmed y volvimos a los souqs.

Otra vez, la gente del mercado nos llamaba a diestra y siniestra, haciéndonos sentir los únicos turistas del lugar (nos cruzamos con 3 chinos, así que no éramos los únicos). Pero después de la pasada tratamos de ir hacia el barrio cristiano.

No pudimos ver mucho del barrio, porque creo que en realidad jamás llegamos a encontrarlo del todo. Sin embargo se notaba el cambio de la gente que circulaba, un tanto por cuestiones étnicas y otro tanto por cuestiones de vestimenta. Aún así, la ciudad bullía con el ruido de las bocinas de la gente ansiosa por llegar a casa para desayunar tras el Ramadán.

Un rato más tarde, volvimos al hostel, donde terminamos ofreciéndole a nuestros huéspedes una mezcla gastronómica sirio-argentina, comiendo shish kebap pero asado por uno de los nuestros. Una gran comida.

En la próxima, operación Damasco.

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